Huelva

El pálpito de la Huelva profunda

Hay una larga estela de proyectos que durante años demuestran la capacidad de resistencia de una clase política que sigue prometiendo lo mismo en todas las elecciones.

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Manifestación por la desaparición de la niña Mari Luz por las calles de Huelva. / Huelva Información.

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ANTONIO CASTRO
Director de Huelva Información



A veces resulta difícil entender cómo desde un lugar apartado de la sociedad onubense, el barrio de El Torrejón, sumido en la pobreza extrema y víctima por tanto de sus efectos colaterales, puede partir un movimiento que animado por el sentimiento general pudiera remover los cimientos de lo que entendemos por Justicia. Sin embargo, eso fue lo que empezó a ocurrir desde principios de 2008 cuando Mari Luz Cortés, una niña de cinco años, desaparecía sin dejar rastro.

Lo que pasará a la historia como el "caso Mari Luz" es una conjunción de elementos en los que el factor humano se concita con circunstancias sociopolíticas, y todo ello animado por el impulso de la Huelva profunda, la que nace a ras de barrio y corre por el camino que marcan los sentimientos con o frente a la razón.

De un lado, nadie de las diez mil personas que se llegaron a unir en una manifestación casi espontánea tras la desaparición de la pequeña reparó quizás en la condición gitana de Mari Luz, de los padres o del contexto en el que se había criado. Antes bien, primó la vulnerabilidad de una persona indefensa e inocente por encima de prejuicios y lagunas culturales. Nadie preguntó a Juan José Cortés, el padre, si era pastor evangélico, miembro destacado de la Iglesia Evangélica, sino que todo el mundo hizo comunión con él desde lo más profundo de la condición humana de cada cual.

La religión, sin embargo, tiene en el "caso Mari Luz", una importancia capital por lo que al comportamiento del padre se refiere, tanto en la integridad que ha sabido mantener frente a la desgracia como en el apoyo social que la iglesia a la que pertenece le prestó de forma tan eficaz cuando de recorrer España para recoger firmas contra la pederastia se trató, y cuando se vio envuelto en la dinámica a veces diabólica de la presión de los medios que se mueven en la basura y el morbo.

La barrera de la exclusión social, los prejuicios ante la etnia gitana que aún anidan en algunas sociedades o el hecho de pertenecer a una religión distinta a la general y común sucumbieron primero frente a la impotencia, frente a la tragedia que supone la pérdida de una niña de cinco años a manos de un presunto asesino con antecedentes de pederastia, y más tarde frente al desfase siempre existente entre la Ley y la Justicia, entendiendo por esta última lo que el ser humano necesita como respuesta a un dolor inabarcable.

A partir de aquí, en el plano político, tirios y troyanos manejaron el "caso Mari Luz" en función de sus intereses, y la desgracia se convirtió en moneda de cambio política. El juez Rafael Tirado fue sancionado con una pena menor por el Consejo General del Poder Judicial, a pesar de la gravedad que supone el desenlace de un caso, la muerte de Mari Luz, que no se habría producido si el persunto asesino, Santiago de Valle, hubiese estado controlado por la Justicia. Y de aquí colgaron sus anhelos y manejos partidos, sindicatos, jueces y secretarios de juzgados. Unos quisieron tapar con el "caso Mari Luz" las graves deficiencias de la Justicia imputándole al Juez Tirado la culpa de las lagunas del sistema, y otros utilizaron el desgraciado momento para inyectarle presión a sus reivindicaciones sobre la falta de medios en la adminsitración judicial… Entre la maleza de este debate y los forcejeos políticos, fotos del padre con el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, y con el líder de la oposición, Mariano Rajoy, el recuerdo de la pequeña Mari Luz trata de sobrevivir a duras penas sin la contaminación que el factor humano sufre en su contacto con intereses coyunturales.

Lo cierto, en cualquier caso, es que cuando llegó el día en que el presunto culpable entró por la puerta de la Audiencia de Huelva, aquel día de la ira en que la guerra urbana estalló frente al presunto asesino como un desgrarro más de la situación de impotencia, los juzgados de Huelva mantenían los pasillos llenos de legajos y las goteras caían sobre los casos pendientes como si el cielo llorara ante el peligro que supone que en el futuro tengamos la desgracia de asistir a un caso similar al de la pequeña Mari Luz.

El año en el que empezamos a mirar de reojo a la Justicia, sin embargo, ha tenido en Huelva un episodio distante en el fondo al de Mari Luz y que marca algunos contrastes. El suceso de Las Eritas es lo que en Huelva se conoce como aquel desgraciado incidente en el que una persona deficiente psíquica murió en la localidad de Cortegana por los golpes recibidos por un hombre de etnia gitana, después de que la víctima hablara en un lugar público con una chica de la misma raza. El suceso provocó el levantamiento del pueblo contra la minoría gitana en cuyas casas entraron por la fuerza unos incontrolados incendiando incluso algunas pertenencias.

Como consecuencia de estos incidentes, se juzgó al alcalde, Antonio Marín (IU), que iba en la manifestación aunque no participó en los hechos, y a un grupo de personas más de las que algunas fueron condenadas.

Los incidentes de Las Eritas, que este año 2008 se han sentenciado en los juzgados, crearon una pátina nefasta sobre la imagen de la provincia de Huelva y sobre todo de Cortegana, que aparecía como un enclave racista frente a la comunidad gitana como víctima. En este mundo de contrastes, en el que no siempre el discurso políticamente correcto es el que se apoya en la verdad, Huelva se vio zarandeada por casos tan opuestos como los reflejados y se demostró que el corazón suele tener sus razones que la razón desconoce, y de forma muy especial cuando se le somete a la fuerte presión de la tragedia.

Pero como no hay año en el que la política no marque su territorio, 2008 fue en Huelva el de la crisis municipal del PSOE. La profesora Manuela Parralo, en la que los socialistas pusieron su anhelo de arrabetarle la alcaldía al popular Pedro Rodríguez, no llegó a cruzar siquiera el ecuador del mandato municipal y dio el portazo empujada por la falta de apoyo de su partido. De su grupo municipal habían salido antes Cinta Castillo, que fue nombrada consejera de Medio Ambiente; Manuel Alfonso Jiménez, delegado del Gobierno de la Junta en Huelva, y otros más que hundieron en la más profunda soledad a una candidata que pasará a la historia como una nueva víctima del populismo de Pedro Rodríguez.

No hay en la historia de la democracia municipal de la capital onubense una debacle similar a la sufrida por el Grupo Socialista, en una provincia en la que precisamente el PSOE suele sacar los mejores porcentajes de votos de toda España en elecciones generales.

En cualquier caso, los dos grandes partidos de Huelva han entrado durante el año de referencia en una mayor sintonía por lo que a la relación de sus líderes con las cúpulas regionales se refiere. Mario Jiménez, del equipo de Luis Pizarro, sustituyó a Javier Barrero, un político experto caracterizado por su escasa sintonía orgánica con Chaves, y Manuel Andrés González, alcalde de Lepe, hizo lo propio en el PP, sustituyendo al frente de su partido a Pedro Rodríguez, alcalde de la capital, que siempre fue una especie de entrañable verso perdido en el organigrama de Javier Arenas.

A partir de aquí se abre el desierto inmenso de las asiganturas pendientes de una provincia que se siente marginada frente a la influencia de otras apadrinadas por representantes socialistas con más poder interno que los onubenses. Y de este lamento cuelgan permanentemente los puentes de la conexión Sur Huelva-Puente Umbría, la estación del AVE, el aeropuerto, las conexiones viarias con los enclaves turísticos costeros, el desdoble de la carretera que une el sur con la sierra… Hay una larga estela de proyectos que durante años demuestran la capacidad de resistencia que tiene una clase política que sigue prometiendo lo mismo en todas las elecciones.

El año en el que estalló la peor crisis de la historia moderna, el sector de la industria básica, el Polo, mostró su cara más vulnerable y cientos de empleos de calidad se vieron en peligro.

Frente a incumplimientos y riesgos reales de declive, Huelva se mantuvo enredada en los sentimientos, acostumbrándose quizás a ver los barcos venir, a ver los barcos llegar, pero con la convicción de que supo estar en el límite al que el corazón apunta cuando el destino le arrebató a una niña de cinco años, vecina de El Torrejón, uno de los lugares que marcan la más profunda exclusión social y del que Mari Luz salió un domingo de enero sin que pudiera volver jamás entre nosotros.