El trono vacío de Michael Jackson

Tuvo un talento y una audacia irrepetibles para infiltrar el legado de la música negra en el ADN del pop

Francisco Camero
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Flores en homenaje a Michael Jacson en Polonia./EFE

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La muerte, ya se sabe, iguala a todas las personas y rara vez no las mejora. Michael Jackson no fue una de esas excepciones, lo que nos sirve para recordar que el antiguo emperador de la pista de baile, el icono universal per se, el jorobado de Notre Dame pop que bambolea en el balcón a sus hijos, era también un hombre. Otro pobre hombre. Como al resto, la muerte lo hizo (más) humano. Y por lo tanto, en fin, cuando murió todo el mundo se puso a hablar muy bien de él.

Aunque se recordó, inevitablemente, su grotesca transfiguración física, su inquietante cambio de color de piel, su gusto por estar rodeado siempre de niños, freudiano para unos, aberrante para otros, en cualquier caso y como mínimo un poco aterrador. Algunos se acordaron de aclarar que fue absuelto en el juicio por abusos sexuales a uno de ellos; que su fama y su fortuna atrajeron a chantajistas. Se habló de dinero en cantidades obscenas y más aún -rentable novelón CSI- de la investigación de su muerte (en uno de los últimos capítulos, un informe señala: envenenamiento, y la Policía va a por su médico personal, presunto homicida involuntario).

A comienzos del verano, Jackson llevaba meses preparándose para un regreso que no había dejado indiferente a nadie. Unos desde el escepticismo, otros pensando ya el chiste, pocos con esperanzas de una gloriosa resurrección, todos lo aguardaban desde que en marzo el cantante y bailarín de ciencia-ficción lo anunció en un acto que concitó una atención similar a la que recibe el G-20 cuando se reúne para comentar el estado del mundo.

Escenografía dramática, de cortinaje rojo, frialdad y lema casi totalitarios, aquella tarde marzo de 2009. “This is it”. Esto lo que hay, avisa Michael, y después “abajo el telón”. ¿Recurso desesperado para reponerse de su supuesta ruina? ¿Arrebato de orgullo pero-sigo-siendo-el-rey? Como todos conocen, murió antes de esa indefinida catarsis que tenía previsto oficiar repartida en 50 actuaciones en Londres a partir de julio. Un fulminante ataque al corazón acabó con su vida el 25 de junio.

Desde ese día empezó de nuevo a hablarse de su talento, el que exhibió en el tramo deslumbrante de su carrera, antes de su penoso declinar consumido como pornografía por todos los demás. Y cuando esa cortina de sordidez se descorrió, hubo una explosión de luz. Una voz maravillosa plena de dicha contagiosa cantando canciones de soul-pop, un encantador talento para el baile, un radiante ejemplo del “sonido de la joven América”, como se complacía en presentarse Motown, discográfica que capitalizó el triunfo de los Jackson 5.

Al legendario sello llegaron a finales de los 60 los hermanos cantores (casi) literalmente empujados por su padre, un señor que planeó minuciosamente su futuro -en él era rico y tenía aspecto de villano dandi de cómic- y ese futuro sonaba como las voces de su prole. Los Jackson fueron una de tantas familias que soñaron con prosperar de esta manera en los tiempos del esplendor del soul, pero su éxito fue singular, grandioso, y duró mientras los niños soportaron sus métodos crueles y violentos sin rechistar.
Aún en el quinteto, Jackson comenzó a probarse como solista en grabaciones que confirmaban sus dotes especiales, aunque éstas no se dispararon hasta que se encomendó, ya en solitario, a Quincy Jones, un jazzman admirado en su medio y al que, a diferencia de tantos de sus colegas, le encantaba coquetear con las grandes audiencias. Ese tándem -conviene recordar que el cantante componía- alumbró la trilogía clásica del artista.

Irresistible síntesis de intuición pop y de los géneros entonces más populares de la música negra, Off the wall (1979) es el trallazo más potente, seguramente el álbum más completo de su carrera, una muestra de cómo Jones pulió ese diamante enseñándole a centrar su visión. Thriller (1982), el más recordado, es una imponente colección de singles cuyo impacto se multiplicó por el hito cultural que supuso el videoclip del tema homónimo. Enfermo ya de voracidad paranoica, lanzó Bad (1987), donde seguía habiendo brillante oficio pero menos ideas. A partir de ahí, no sólo musicalmente, empezó La Caída.

“En todas las religiones, en todos los credos, te consumes en el infierno por fingir que eres Dios y no ser capaz de dar marcha atrás”, grita con dramatismo un juicioso compañero de banda a Anton Newcombe, el errático y sin par líder de The Brian Jonestown Massacre, en el documental DiG!. En fin. Mala literatura al margen, es innegable que Jackson dilapidó su éxito en discos cada vez más anodinos seguidos invariablemente de giras cada vez más ciclópeas.

En el balance llegó el debate de mitología naïf. Llevados por la pasión del momento, hubo quienes lo proclamaron genio. Todos se vieron obligados a opinar, nosotros mismos lo hacemos, sin ir más lejos: tuvo un talento y una audacia irrepetibles para infiltrar el legado de la música negra en el ADN del pop. Eso ahora, tras una década en la que el rap y aledaños “han sido” el pop, es de lo más normal. Pero entonces no lo era y con frecuencia ambos mercados vivían dándose la espalda.

En este sentido, y no sin antes aprovechar el trance con las maniobras de rigor (goteo de canciones inéditas y recopilaciones, un documental pirotécnico montado con material de ensayo de la gira que nunca se celebró), la industria discográfica vió marcharse a un pionero y al emblema extático de un modelo de negocio que zozobra de modo irreversible, a un artista fin de raza: improbable (¿imposible?) que aparezca una figura tan apabullante en este panorama de colapso abocado a la atomización.

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