La capacidad de poner a pensar desde la Literatura

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Saramago.

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Pilar del Río
Presidenta de la Fundación José Saramago

José Saramago no era un portugués como mandan los cánones: nació más alto que la media de sus contemporáneos, rompió las estadísticas que pronosticaban que debería morir joven, contra pronóstico se hizo hombre de letras, él, que tenía marcado un destino de mecánico, y usó como herramientas definitivas, pese al desdén de sus distintos entornos, la inteligencia, el humor, la compasión. Saramago nació fuera de tiempo, como si hubiera habitado un siglo que todavía desconocemos, y tal vez la Tierra sea su verdadera patria porque el esfuerzo de su trabajo y la claridad de su mirada abarcan el planeta, con todos sus continentes, con todos sus habitantes, uno a uno, colectivamente.

José Saramago nació en una aldea al norte del Tajo que responde al nombre de Azinhga en 1922 y murió antes de cumplir ochenta y ocho años, en la balsa de piedra que es Lanzarote, entre Europa, América y África, el continente de todas las desdichas, el lugar hacia donde se dirigían sus últimos desvelos. Entre las dos fechas que marcan todas las vidas, la del nacimiento y la muerte, José Saramago vivió en Lisboa, creció, se hizo resistente frente a las dictaduras, de ahí su militancia comunista en Portugal, aprendió idiomas para leer y ensanchar su espíritu, oyó música y la entendió, opinó, amó, se hizo novelista y llegó a Andalucía para aprender a sonreír de forma sostenida. Cuando por fin pisó España, lugar que conocía bien por sus poetas y sus pintores, por Cervantes y por el esplendor del Quijote, decidió no abandonar este país, siendo ya para siempre portugués y español, amén de las otras nacionalidades adquiridas por su sensibilidad y con el empeño de una sostenida voluntad. Saramago pertenecía al mundo porque el mundo entero le cabía en su cabeza y en su corazón. José Saramago es un escritor tardío: comenzó a escribir cuando rozaba los sesenta años. Antes había ejercido distintas profesiones, desde mecánico a director adjunto de un periódico, pero la que le dio de comer durante más tiempo, hasta que se puso por fin a escribir sus libros, fue la de traductor.

Siempre del francés, tradujo a autores imprescindibles, como Tolstoi, se enfrentó a enciclopedias enteras, a libros de arte, a manuales de todo tipo, y así, al traducir fue observando las distintas caligrafías y aprendiendo en las entrelíneas, de modo que cuando publicó su primera obra, Levantado del suelo ya era un escritor maduro. Y siguió produciendo títulos, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, El Evangelio según Jesucristo hasta que la coherencia con su idea de respeto y de libertad de expresión le hizo abandonar Portugal para instalarse en Lanzarote, tras haber explicado que no sería nunca cómplice de un gobierno que ejerce la censura, que es lo que había hecho el de Cavaco Silva con el libro que acababa de publicar. Se trataba de El Evangelio según Jesucristo, una novela, o quizá un ensayo, sobre el poder: Un Dios omnipotente que para ensanchar los límites de sus dominios decide engendrar un hijo destinado desde el principio de los principios a morir ejecutado, tras haber sufridos las más terribles torturas. Rompe pues Saramago con el gobierno de su país, que sin ser crítico de arte ni inquisición medieval declara mal escrito y blasfemo el libro y se instala en Lanzarote, donde sufrió una gradual metamorfosis, que él mismo explicó diciendo que si hasta el Evangelio había intentado describir la estatua, a partir de este libro entendió que lo importante era llegar a la piedra de la que la estatua está hecha.

Y así nació Ensayo sobre la ceguera, y luegoTodos los nombres, La caverna, Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte, El viaje del elefante, hasta Caín, su última obra, un grito literario que ya no busca la piedra ni el corazón de la piedra, sino el centro mismo del poder, de manera que el escritor, libre de ropajes y ataduras, se enzarza en un tú a tú con otro libro, el Antiguo Testamento, que durante milenios distintas religiones utilizaron para dominar conciencias y ser dueños de seres humanos amedrentados. Por eso tiene tanto valor que el hombre que sabe que va a morir se emplee en desmitificar la imagen de Dios, consciente de que si no lo hace su vida no habría tenido sentido, sería tan absurda como el caminar del elefante que por caprichos reales va desde Lisboa hasta Viena, a pie, cruzando todos los infiernos para nada, para morir y que los mandarines del lugar hicieran paragüeros con sus patas.

La vida de Saramago no ha sido poca cosa, el hombre que nació para ser un modesto operario se transformó a base de esfuerzo en un creador que transformó el mundo porque cuando murió lo había enriquecido con su literatura y su pensamiento. Decía Saramago que quería morir con los ojos abiertos. La muerte, sin embargo, le llegó mientras descansaba, pero es un dato adquirido que murió abriéndonos los ojos a otros, a quienes estamos atentos a lo que ha escrito, a lo que sus libros y sus intervenciones dicen. Por eso sabemos que vivimos una crisis moral, no económica, de ahí, decía días antes del que iba a ser el último, que sea tan difícil salir de ella. José Saramago murió en Lanzarote el 18 de junio de 2010, fue velado en el Ayuntamiento de Lisboa y enterrado con honores de Estado el 20 de junio. Sus cenizas serán depositadas frente al Río Tajo, delante de la Casa dos Bicos, sede de la Fundación que lleva su nombre, bajo una piedra en la que se leerá “no subió a las estrellas porque pertenecía a la Tierra”, frase extraída del libro con que fue incinerado, Memorial del Convento. Estaba casado con la española Pilar del Río y tenía una hija de un matrimonio anterior, Violante Saramago, y dos nietos. En 1996 recibió el Premio Camoens, la más alta distinción literaria portuguesa, y en 1998, el Premio Nobel. Está traducido a más de sesenta idiomas y publicado prácticamente en todos los países del mundo, este mundo que él consideraba su casa y que amó como si todo él fuera el ser humano con el que convivía y le dedicaba las más definitivas y bellas palabras..
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