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- Combates en la guerra de las Galaxias: el auge de la narrativa mutante
Combates en la guerra de las Galaxias: el auge de la narrativa mutante
Combates en la guerra de las Galaxias: el auge de la narrativa mutante
Son autores que exploran desde nuevos registros el mundo en el que viven, que indagan en un realismo que puede parecer insospechado
Braulio Ortiz“A veces tengo la sensación de que la narrativa española se divide en escritores que combaten en la Guerra Civil y escritores que combaten en la Guerra de las Galaxias”. Esta contundente declaración, realizada por el poeta y narrador aragonés Manuel Vilas, refleja la brecha ya definitivamente abierta en la producción literaria nacional, el abismo que separa un mercado anclado en viejos patrones, amigo de las fórmulas convencionales, y una generación que irrumpe sin dar la espalda al tiempo en el que vive y que avanza con la conciencia de estar protagonizando un cambio.
La atención que despertó en 2006 Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, publicado en un sello minoritario y estimulante como Candaya, hizo palpable que existía una ruptura, un viraje hacia una liberación que abrazaba la disidencia y apostaba por otros moldes para la ficción. Fernández Mallo, efectivamente, no estaba solo en sus planteamientos: junto a él iban otras voces renovadoras como el malagueño Juan Francisco Ferré, Mercedes Cebrián, Javier Calvo, Germán Sierra, Eloy Fernández Porta o los cordobeses Javier Fernández y Vicente Luis Mora, todos ellos objeto de una antología -Mutantes. Narrativa española de última generación (Berenice, 2007)- ideada para dejar constancia de este relevo en el panorama de las letras.
Un fenómeno que el pasado 2009 tuvo su definitiva confirmación a través de varios hitos: Nocilla Lab, tercera entrega y cierre del proyecto que dio a conocer al autor, que también quedó finalista esta temporada del Premio Anagrama de Ensayo con Postpoesía, hacia un nuevo paradigma; la consagración del talento de Manuel Vilas con Aire nuestro, un alarde de inventiva o el zapping de un canal de televisión diabólico que su artífice concibe como una “fiesta salvaje”; y el regreso de Ferré, finalista del Premio Herralde por Providence, corroboran que el asalto de este colectivo de creadores mutantes viene provisto de empuje.
El triunfo de la estrategia, en todo caso, no fue fácil: hubo que vencer la miopía de las grandes editoriales, que tardaron en aceptar estos nuevos modelos narrativos, y combatir igualmente las reticencias de la crítica. En el prólogo de Mutantes, el especialista Julio Ortega denunciaba que la narrativa de invención había sido, hasta entonces, “expulsada del panteón universitario” y apenas asomaba, “en trance de polémica pasajera”, en la prensa cultural. “Todavía hay autoridades que resisten, cuando no rechazan, las formas abiertas, la ruptura de normas y códigos, descartadas como metanarrativa o exceso formalista. Todavía se prefiere creer que la hipertextualidad, el juego verbal, las irrupciones de la cultura popular, son gestos típicos de la juventud literaria”, afirma el crítico peruano afincado en Estados Unidos.
¿Qué diferencias sustanciales aportaban estos escritores afterpops o nocilleros? Rasgos como la mezcla de géneros, la experimentación formal o la introducción de otros referentes propios de un mundo interconectado por las nuevas tecnologías eran los ejes fundamentales sobre los que giraban sus propuestas. Ferré aportaba nuevos datos al respecto: se trata, asegura el novelista e investigador de la Universidad de Brown, de un grupo que se mueve “dentro de un sistema de importación sutil de componentes y materias primas procedentes de otras culturas y tradiciones”, un conjunto de narradores “educados en la escuela de la imagen y los medios, y en la escuela de la globalización, y en la escuela del recalentamiento informativo y el enfriamiento global de las estructuras humanas de relación”, una generación “contaminada por todas las formas culturales, altas o bajas, neutrales o comprometidas, corruptas o vírgenes, que circulan en el hipermercado del capitalismo tardío y la sociedad de consumo”. Gente que, debido a que “el panorama español de los últimos veinte años ha sido tan anestésico y anodino”, maneja en su conversación un amplio espectro de temas que va mucho más allá de la mera discusión sobre literatura.
Son autores que exploran desde nuevos registros el mundo en el que viven, que indagan en un realismo que a muchos lectores se le antojará insospechado. Prefieren “ese producto de consumo felizmente adulterado, que genera paradoja, entropía, vida, una botella de Coca-Cola con un limón dentro, una magdalena de Proust no horneada por su sirvienta sino manufacturada, o una rebanada de Nocilla, con su aspecto de carne, de materia y espesor” (Fernández Mallo); son capaces de hermanar en un mismo relato a García Lorca, Walt Whitman o Freddie Mercury, de contar la reencarnación de Luis Cernuda y de rendir culto a Elvis Presley (Manuel Vilas), o de condenar a un director de cine a un mundo virtual habitado por una estremecedora fantasmagoría (Ferré). Narradores que, efectivamente, dejaron atrás hace mucho la Guerra Civil y que emprenden ahora otras batallas: una de ellas, según Manuel Vilas, sería llevar a los terrenos de la narrativa esa explosión libérrima que en música protagonizaron los Sex Pistols. El espectáculo, por el momento, ha comenzado.
La atención que despertó en 2006 Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, publicado en un sello minoritario y estimulante como Candaya, hizo palpable que existía una ruptura, un viraje hacia una liberación que abrazaba la disidencia y apostaba por otros moldes para la ficción. Fernández Mallo, efectivamente, no estaba solo en sus planteamientos: junto a él iban otras voces renovadoras como el malagueño Juan Francisco Ferré, Mercedes Cebrián, Javier Calvo, Germán Sierra, Eloy Fernández Porta o los cordobeses Javier Fernández y Vicente Luis Mora, todos ellos objeto de una antología -Mutantes. Narrativa española de última generación (Berenice, 2007)- ideada para dejar constancia de este relevo en el panorama de las letras.
Un fenómeno que el pasado 2009 tuvo su definitiva confirmación a través de varios hitos: Nocilla Lab, tercera entrega y cierre del proyecto que dio a conocer al autor, que también quedó finalista esta temporada del Premio Anagrama de Ensayo con Postpoesía, hacia un nuevo paradigma; la consagración del talento de Manuel Vilas con Aire nuestro, un alarde de inventiva o el zapping de un canal de televisión diabólico que su artífice concibe como una “fiesta salvaje”; y el regreso de Ferré, finalista del Premio Herralde por Providence, corroboran que el asalto de este colectivo de creadores mutantes viene provisto de empuje.
El triunfo de la estrategia, en todo caso, no fue fácil: hubo que vencer la miopía de las grandes editoriales, que tardaron en aceptar estos nuevos modelos narrativos, y combatir igualmente las reticencias de la crítica. En el prólogo de Mutantes, el especialista Julio Ortega denunciaba que la narrativa de invención había sido, hasta entonces, “expulsada del panteón universitario” y apenas asomaba, “en trance de polémica pasajera”, en la prensa cultural. “Todavía hay autoridades que resisten, cuando no rechazan, las formas abiertas, la ruptura de normas y códigos, descartadas como metanarrativa o exceso formalista. Todavía se prefiere creer que la hipertextualidad, el juego verbal, las irrupciones de la cultura popular, son gestos típicos de la juventud literaria”, afirma el crítico peruano afincado en Estados Unidos.
¿Qué diferencias sustanciales aportaban estos escritores afterpops o nocilleros? Rasgos como la mezcla de géneros, la experimentación formal o la introducción de otros referentes propios de un mundo interconectado por las nuevas tecnologías eran los ejes fundamentales sobre los que giraban sus propuestas. Ferré aportaba nuevos datos al respecto: se trata, asegura el novelista e investigador de la Universidad de Brown, de un grupo que se mueve “dentro de un sistema de importación sutil de componentes y materias primas procedentes de otras culturas y tradiciones”, un conjunto de narradores “educados en la escuela de la imagen y los medios, y en la escuela de la globalización, y en la escuela del recalentamiento informativo y el enfriamiento global de las estructuras humanas de relación”, una generación “contaminada por todas las formas culturales, altas o bajas, neutrales o comprometidas, corruptas o vírgenes, que circulan en el hipermercado del capitalismo tardío y la sociedad de consumo”. Gente que, debido a que “el panorama español de los últimos veinte años ha sido tan anestésico y anodino”, maneja en su conversación un amplio espectro de temas que va mucho más allá de la mera discusión sobre literatura.
Son autores que exploran desde nuevos registros el mundo en el que viven, que indagan en un realismo que a muchos lectores se le antojará insospechado. Prefieren “ese producto de consumo felizmente adulterado, que genera paradoja, entropía, vida, una botella de Coca-Cola con un limón dentro, una magdalena de Proust no horneada por su sirvienta sino manufacturada, o una rebanada de Nocilla, con su aspecto de carne, de materia y espesor” (Fernández Mallo); son capaces de hermanar en un mismo relato a García Lorca, Walt Whitman o Freddie Mercury, de contar la reencarnación de Luis Cernuda y de rendir culto a Elvis Presley (Manuel Vilas), o de condenar a un director de cine a un mundo virtual habitado por una estremecedora fantasmagoría (Ferré). Narradores que, efectivamente, dejaron atrás hace mucho la Guerra Civil y que emprenden ahora otras batallas: una de ellas, según Manuel Vilas, sería llevar a los terrenos de la narrativa esa explosión libérrima que en música protagonizaron los Sex Pistols. El espectáculo, por el momento, ha comenzado.


