Lorca sí está

No tiene sentido continuar agujereando el suelo en busca de unos restos que no van a probar nada ni tampoco van a alterar la historia

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Investigadores del Instituto Andaluz de Geofísica durante su búsqueda de la fosa de Lorca / Ochando

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Alejandro V. García
Escritor

La fallida búsqueda de los restos de Federico García Lorca y sus tres compañeros de fusilamiento en un área de poco más de 200 metros cuadrados situada dentro del parque dedicado a la memoria del poeta, en Alfacar (Granada) no ha sido, como opinan algunos y como han sentido otros, un fracaso. La búsqueda infructuosa ha arrojado luz no sobre los sucesos acontecidos en el terrible verano de 1936 en Granada, donde el bando de los vencedores asesinó a miles de militantes o simpatizantes de izquierda, sino sobre la compleja, y a ratos mistificada, historia de los últimos días de una de las víctimas más simbólicas de la guerra civil.

Lorca no está donde en los años ochenta una comisión formada, entre otros, por Ian Gibson, los herederos del periodista Eduardo Molina Fajardo (autor de un importantísimo, pero inacabado y parcial libro sobre el poeta) y los investigadores Eduardo Castro o Antonio Ramos Espejo, señaló como el lugar más probable del enterramiento. En realidad, la comisión deliberó consciente de la enorme debilidad de los testimonios que manejaba. Nadie se engañaba. De hecho, ninguno de sus miembros fue testigo directo de la feroz represión que siguió al 18 de julio de 1936 en Granada, sino que actuaron como portavoces de testigos que a su vez lo habían sabido por otros testigos. Es decir, su testimonio era de segunda o tercera mano y, en consecuencia, sustentado sólo por la fiabilidad de las fuentes verbales.

En la inmediata posguerra no fue posible, como ahora han sugerido algunos, una investigación “científica” en el sentido que hoy conocemos. La muerte de Lorca era un tabú y la dictadura disponía de elementos represivos suficientes para impedir cualquier indagación sobre uno de los capítulos que revelaron al mundo la siniestra faz del franquismo. Cuando allá en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado llegaron los primeros hispanistas con intención de investigar las circunstancias del asesinato del poeta, Granada era una sórdida ciudad de provincia, traspasada por la mezquindad de la posguerra, sin una burguesía emprendedora y en manos de unos pocos facinerosos que de lo único que podían presumir era de sus hazañas de guerra. Unas hazañas que a medida que eran contadas y comparadas una vez y otra en los tristes cafés de la posguerra, ante una botella de aguardiente, adquirían tintes fantásticos o hiperbólicos. Los posibles testigos del bando perdedor habían desaparecido y los informadores del vencedor o mantenían un cauto silencio, como Luis Rosales, o fanfarroneaban mientras se destruían el hígado en tabernas de mala muerte. Claude Couffon, Maria Lafranque o Gerald Brenan fueron los primeros que, arriesgando el pellejo, se acercaron al barranco de Víznar y el entorno de Alfacar en busca de noticias. Más tarde llegaron Agustín Penón y, ya a comienzos de los sesenta, Ian Gibson. Las fuentes de las que obtuvieron los datos más relevantes fueron en muchos casos las mismas, personas del régimen que se guardaban bien de no ir demasiado lejos o supervivientes atenazados por el miedo que no tenían inconveniente en alterar su testimonio, como el caso de Manuel Castilla, El Comunista, que facilitó dos versiones diferentes sobre el lugar del enterramiento, una a Gibson y otra a Eduardo Molina Fajardo, en esta ocasión acompañada de una suerte de juramento manuscrito.

Pero en los años ochenta, tras el primer homenaje público que se tributó al poeta en 1976 en Fuente Vaqueros, Granada y España necesitaban reconstruir la trágica muerte del poeta tras décadas de opresivo silencio y consagrar un espacio a su memoria y a la de todas las víctimas de la guerra. Así que la comisión, una vez consultadas las personas que habían buceado en las circunstancias de la muerte, decidió, quizá con la certidumbre de que buscaba un lugar más alegórico que histórico, levantar el parque en el lugar que mejor concordaba con las declaraciones de la mayoría. 

Pero allí no hay nada. Los restos pueden estar cinco metros más allá del perímetro de excavación o veinte o cien. O incluso puede sencillamente que no estén. El empeño en someter a verificación científica una simple suposición basada en confidencias, miedos, exageraciones o mentiras ha dado como resultado, para unos, un chasco, y para otros la confirmación de que Lorca y los asesinados del barranco de Víznar son, más de ochenta años después, una alegoría forjada con sangre que sólo se puede confrontar con la historia.

No tiene sentido continuar agujereando el suelo en busca de unos restos que no van a probar nada ni tampoco van a alterar la historia. La aparición de los cadáveres de Lorca y sus compañeros de fusilamiento sólo pueden satisfacer a los familiares (pero esa es una satisfacción íntima de difícil transposición) o a los investigadores que han hecho del rescate de los huesos un objetivo. No creo que los resultados de la búsqueda contradigan siquiera a Ian Gibson. El investigador hizo un valioso y valeroso trabajo con los elementos que tuvo a mano y no se le puede reprochar la falsedad de las confidencias. Descubrió que Lorca fue asesinado allí y que la historia no se debe nunca repetir.
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