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- El crimen domina el mundo (de los libros)
El crimen domina el mundo (de los libros)
El crimen domina el mundo (de los libros)
Emociones intensas y elaboradas intrigas son el sustento básico de la novela popular, especialmente de la novela negra.

DEL CORRAL
Escritor
Freud dijo que la narración relaja el espíritu, algo que confirman, desde mucho antes de él, todas las mamás y papás que leen cuentos a sus hijos para inducirlos al sueño. También los lectores, algunos tan sesudos como Rafael Sánchez Ferlosio, que leen una novela policíaca antes de irse, tarde, a la cama. Esa relajación se produce porque la identificación con los personajes ofrece una salida fácil a las emociones y porque la atención prestada a cualquier trama, como la que prestamos al juego, pacifica el ánimo descargándonos del pesado fardo de la atención a nuestro entorno. Emociones intensas y elaboradas intrigas son el sustento básico de la novela popular, especialmente de la novela negra, ya que el aura de dramatismo y secreto que proporciona el crimen resulta para ese propósito especialmente favorable. ¿Qué puede conmover más que un asesinato y que puede excitar más la curiosidad que esclarecer las ocultas circunstancias que llevaron a cometerlo?
El género policíaco siempre ha gozado del favor de los lectores y en últimos tiempos experimenta un auge, contrastable durante 2008 con numerosos éxitos editoriales, que lo ha situado como la "moda" literaria del momento, desplazando del primer lugar en la preferencia del público a la novela histórica. De entre los factores que explican esa primacía el más evidente es el actual desastre inmobiliario y financiero, precedido y acompañado por numerosos casos de corrupción y estafa a todos los niveles, que ha ofrecido a los escritores un plus de verosimilitud para sus fantasías criminales y familiarizado con el género a lectores que apenas si se habían interesado antes por él. Entre ellos muchas lectoras, alejadas ya de arcaicos estereotipos femeninos que las recluían en la narración sentimental, y atraídas por las numerosas autoras y personajes femeninos que se cuentan hoy en lo mejor de un género reservado casi en exclusiva a los varones hasta hace dos décadas.
Desde sus inicios y a diferencia de su hermana mayor la novela detectivesca, basada exclusivamente en la intriga, la novela negra añade a la complejidad de la trama un marcado componente social, no en vano surgió en la Gran Depresión, en circunstancias pavorosamente parecidas a las actuales, con los detectives escépticos de Dashiell Hammet y los estremecedores relatos de Cornell Woolrich. Tanto ellos, como sus numerosos continuadores, usaron la investigación criminal para poner de relieve los resortes ocultos del poder, emulando a la novela de trasfondo político y denuncia social. En ellos el asesinato no es algo aislado, producto de la mera codicia personal o de un desvarío sicótico, sino la consecuencia de una sociedad injusta, fundada en un principio de violencia apenas encubierto bajo la capa de la civilización.
No dejaron las novelas negras de ser por eso un entretenimiento popular, ni perdieron su carácter de evasión, aunque se ganaron el aprecio de intelectuales que supieron valorar sus méritos literarios y la vuelta de tuerca que le daban al género (una de las primeras recensiones sobre Dashiell Hammet en nuestro idioma es de Luís Cernuda). Tampoco se encuentra en ellas rasgo militante alguno, al contrario que en la novela que podemos llamar comprometida, sino que las alimenta un pesimismo radical que considera la maldad como algo inherente a los seres humanos. En absoluto se propone cambiar el mundo, que siempre irá igual, es decir, a peor. Sus protagonistas están lejos de ser figuras ejemplares, como suelen serlo los héroes de la épica social, pues se trata indefectiblemente de antihéroes descreídos y a menudo alcoholizados, pero dotados de una tozuda lealtad hacia lo que consideran justo.
El romanticismo cínico de la novela negra, con ejemplos de "dandismo" tan atractivos como el de Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Higsmith, ha demostrado ser más perdurable que el romanticismo decimonónico de la novela social y sus epígonos en el siglo XX; su habilidad para reflejar los conflictos sociales de todo tipo, sean raciales, con maestros como Chester Himes, de género, con rompepelotas tan eficientes como la detective Sara Paretsky, de tráfico de drogas o de armas, como con el insufrible Tom Clancy, resulta mucho más sugestiva para los medios de masas que la narrativa de la denuncia, reducida a la impotencia del periodismo. El análisis social se convierte en investigación policíaca, como en las novelas de Donna Leone, y aún mejor si es servido en un cóctel de pasiones intensas. La novela negra es el único realismo social que nos queda, y no sé si eso es bueno, pero es de seguro más entretenido.
El crimen es un viejo pretexto y un renovado problema para la literatura, pues enfrentarse a lo peor de los seres humanos es algo que desafía la especulación racional y favorece la exploración de la maldad, estructural y congénita, de los seres humanos mediante el recurso emocional de la ficción. Sea en el ámbito familiar, de constitución mafiosa de El Padrino, el escenario del poder en su expresión primigenia, o en el lirismo urbano en el que se desarrollan las historias de tantos personajes que se odian, se aman y se matan perdidos en la muchedumbre, la novela negra ofrece un brutal reflejo de la sociedad contemporánea, un reflejo que, no olvidemos, procede de un espejo invertido, no vayamos a volvernos locos como el Quijote, pero en plan Philip Marlowe.


