- Anuario Joly Andalucia 2011
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La nueva África amarilla
La nueva África amarilla
A cambio del control de las materias primas africanas, se propuso invertir en infraestructuras y en créditos a bajo coste
Eduardo Jordá Escritor
El interés de China por el continente africano viene de antiguo. A finales de los años 50, cuando se inició el periodo de la descolonización, Mao Zedong decidió que África era el lugar ideal para exportar su modelo de comunismo campesino. Las razones eran fáciles de comprender. África era una tierra virgen que vivía prácticamente en el Neolítico. Sin industria, sin cuadros técnicos, sin apenas aglomeraciones urbanas, el continente africano parecía el lugar más adecuado para implantar una sociedad igualitaria basada en el colectivismo agrario. Y la China de Mao empezó a introducirse en el continente. Abrió embajadas, envió cooperantes, financió proyectos de colectivización, incluso apoyó a algunos de los grupos guerrilleros que combatían contra las potencias coloniales en Angola y Mozambique. Pero el proyecto fracasó. Sólo en Tanzania, donde gobernaba Julius Nyerere de acuerdo con unos principios económicos inspirados en el colectivismo tradicional africano, China logró extender su influencia. En cambio, por una razón u otra, el maoísmo fracasó en el resto del continente. Tal vez la influencia occidental fuera demasiado fuerte en los dirigentes africanos que se habían hecho con el poder tras la independencia, ya que la mayoría de líderes africanos se inclinó por occidentalizar sus países a toda costa, en vez de devolverlos a la forma de vida tradicional de la agricultura comunitaria y la vida tribal. El caso es que la China de Mao no logró su objetivo.
Paradójicamente, fue la China post-maoísta que había abandonado la utopía campesina y se había lanzado a una frenética política de industrialización y de expansión comercial la que logró el objetivo que no había alcanzado la China de Mao. En los años 80, Deng Xiaoping y sus asesores descubrieron que África era una reserva natural de materias primas que todavía estaban por explotar. Y a partir de entonces se propusieron el objetivo estratégico de controlar el continente africano. Tuvieron tres factores importantes a su favor. Uno fue que los líderes africanos que habían preconizado la occidentalización habían fracasado en sus políticas económicas y necesitaban cambiar de rumbo. El segundo era que los Estados Unidos y Europa sólo manifestaban un interés secundario por África, ya que Estados Unidos se centraba en la política de seguridad a toda costa, mientras que Europa exigía programas de respeto a los derechos humanos a cambio de su ayuda económica, cosa que incomodaba a la mayoría de dictadores africanos. Y el tercer factor es que la nueva China de los años 90 disponía de unas reservas económicas que no tenía antes. La nueva China post-maoísta decidió adoptar una política pragmática. A cambio del control de las materias primas africanas, se propuso invertir en infraestructuras y en créditos a bajo coste, algo que Occidente siempre había postergado o había canalizado a través de ayudas institucionales que siempre acababan perdiéndose en el laberinto de la burocracia y la corrupción. Así que China, casi siempre con técnicos chinos y mano de obra china, empezó a construir presas, carreteras, hospitales, vías férreas, gasoductos, instalaciones portuarias, hospitales, hoteles y estadios deportivos. Y empezó a conceder créditos a bajo precio, y en muchos casos se hizo cargo de la cuantiosa deuda externa de los países africanos, sin exigir ningún cambio en la política de Derechos Humanos.
Fue un negocio perfecto, sobre todo porque los africanos vieron por primera vez que se producían cambios sustanciales en sus países. Por primera vez, tras años y años de promesas incumplidas, vieron carreteras, fábricas textiles, pesquerías, trenes y coches. Daba igual que se hubieran construido con mano de obra asiática y que ellos no se hubieran beneficiado directamente de todas esas inversiones. Por primera vez en su historia, desde los tiempos de la independencia, las viejas carreteras sin asfaltar construidas por los europeos habían sido sustituidas por carreteras asfaltadas. Y por primera vez, los trenes y las fábricas eran reales y no simples proyectos que nunca se llevaban a cabo. Y todo se debía a que China invertía directamente su dinero en la construcción de los proyectos, en vez de entregar el dinero a los dirigentes, como hacía y sigue haciendo Europa. Además, los chinos contaban con una ventaja añadida con respecto a los occidentales: a ojos de los nativos africanos, no despertaban recelos por su antiguo pasado colonial. Por tanto, China disfrutaba de una benevolencia que nunca había conseguido Occidente. Y el resultado es cada día más evidente. Hoy por hoy, China ha obtenido lucrativos contratos de extracción de petróleo en Sudán, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Gabón y Angola. El turbio negocio del coltán que se extrae en los yacimientos del Congo está en manos chinas o pasa por manos chinas. Y China ha logrado una influencia decisiva en la vida política de Burundi, Eritrea, Gabón, Camerún, Etiopía, Sudán, Tanzania y Zimbabwe –por citar unos pocos países-, donde ha conseguido desplazar a las antiguas potencias coloniales en la toma de decisiones y en el control a distancia de las oligarquías locales. De una forma u otra, China ha tomado el mando en África. Y no va a soltarlo. La apuesta china por África tiene la ventaja del pragmatismo y la falta de escrúpulos. Se desentiende de cualquier exigencia sobre Derechos Humanos o convivencia democrática o protección del medio ambiente, y en cambio se centra en la construcción de infraestructuras, en la concesión de créditos a bajo precio y en el rescate de la deuda soberana de los países con problemas crediticios. Es un éxito dudosamente moral, pero funciona porque les trasmite a los africanos la novedosa idea de que África es un continente con futuro. Y África necesitaba saber desde hace mucho tiempo que tiene futuro: un futuro que no tiene por qué ser negro, sino de otro color mucho más agradable. Amarillo, por ejemplo.
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