Terrorismo islámico, marca ‘Acme’

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Fátima Hssisni acude como testigo a la Audiencia Nacional en el juicio por el 11-M. /Emilio Naranjo

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Emilio González Ferrín
Arabista. Profesor de la Universidad de Sevilla
 
En las albacoras de los Carnavales, el gabinete del doctor Wikipedia ha sintetizado un nuevo tipo de terrorismo islámico, marca Acme. Es un fluido verde y burbujeante, supuestamente internacional, pero de uso exclusivamente hispano, y que casa con nuestra natural predisposición al embrollo administrativo e institucional. De este modo, nuestro exuberante reparto de competencias encuentra por fin su reflejo natural en el mundo. De hecho, el mundo nos imita con subdelegaciones regionales de organizaciones para-estatales. Aplicado al despiste sobre cuanto pueda acontecer en el ancho espacio tuareg –centro del norte africano-, se correspondería con las actuaciones de una delegación regional del mal centralizado. Sus siglas lo explican a la perfección: Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). La letra final de tales siglas es fundamental: esa simple ‘i’ basta para diferenciar al Magreb islámico (MI) del Magreb luterano (ML) o incluso el sintoista (MS). Y la localización de al-Qaeda en tales latitudes se debe al largo y provechoso trabajo de una especie nueva de analista, a medio camino entre Rocky Chaparro y Bernardo de Claraval: el experto en Yihadismo. Hijo de padre ufólogo y madre tarotista, el experto en yihadismo (EY) comparte con su objeto de estudio (AQMI) su motor existencial: basta con etiquetar la cosa para que empiece a crecer y engordar. Nueva edición de ‘La Escopeta Nacional’, en la que uno se pone la gorra y se siente general.
 
En los  años setenta, cuando el terrorismo árabe era rojo -palestino o polisario-, emparentado con el centroamericano, la consigna para reconocer las autorías era simple: debía mostrarse una prueba de, al menos, cuarenta y ocho horas antes. Las viejas fotos del periódico de dos días antes diciendo “Haremos esto y aquello”. Eso ha cambiado: Al-Qaeda ha democratizado el terrorismo, sometiendo su autoría a consenso de los blogs: si algo pica en Occidente, sea quien sea el autor, hemos sido nosotros. El resto de países que sufren de la franquicia Al-Qaeda –niñatos barbudos tomados por teólogos- ha comprendido la verdadera naturaleza nacional del terrorismo internacional, pero en estas latitudes vivimos de explicaciones institucionales, no lógicas, quedándonos los de en medio nadando, como siempre, a contra España.
 
Esa España de unos y otros es la clave del etiquetado AQMI. Los pactos del 11-M se enuncian de un modo simple: acepto llanamente que los malos son los moros –no importa que fueran de dentro o que hubiera españoles implicados-, con tal de que tú aceptes que son los mismos moros malos que atacan a mis amigos de afuera. Y la pelota en marcha, condenados los perplejos al sirimiri de teorías conspirativas y al dictado historicista de los jueces ‘bestselleros’. Cualquiera se pone a explicar ahora, por ejemplo, que el naciente salafismo de finales del XIX era como nuestro krausismo. Cualquiera distingue ahora la legítima aspiración política de partidos islamistas –al estilo de nuestras democracias cristianas- de la componenda general de sospecha terrorista. AQMI lo explicará ya todo. En breve serán detenidos activistas saharauis, independentistas tuaregs, bandoleros mauritanos, amazighs marroquíes o argelinos, opositores de todo cuño a dictaduras de todo corte, y deberemos leerlo aquí en clave AQMI.
 
El despiste aumenta con la comparación. A nadie se le ocurre crear un constructo que relacione Ciudad Juárez con secuestros en Colombia, delincuencia en Lima, mafias familiares en Guatemala, asesinatos en México D.F., populismo institucional de grave hostilidad en Venezuela o Ecuador, golpes, contragolpes, secuestros y desapariciones en cualquier rincón de Centro y Sudamérica. Nadie crearía la central regional de un terrorismo hispano –por más que el gran gurú de la ‘droite divine’ española, Huntington, sí apuntase a ello- asociado a veleidades de crecimiento malthusiano y estructuras culturales medievales. Sin embargo, cualquier sociólogo conoce el riesgo de pasearse por esa zona, frente a la absoluta normalidad de la mayor parte del espacio árabe, por ejemplo. En el engendro mediático de AQMI –aprovechando los mimbres de un grupo local anterior- se aprovechan el mapa estadounidense de cuanto la CIA llama Iniciativa Pan Saheliana, y el de la Iniciativa Transahariana de Lucha contra el Terrorismo (TSCTI). Un modo más de plantar siglas en una zona que lleva más de un siglo fuera de todo control institucional y que así se pretende comenzar a controlar.
 
El proceso es el siguiente: todo hijo del desierto tiene ya una parabólica en la giba de su modo de vida. Mis primos y yo, velados sin papeles que campamos por nuestro respeto en lo que ustedes dicen –según el mapa- que es Mauritania, localizamos en el telediario de Al-Jazira a un país que paga cuatro millones de dólares por acabar con un secuestro. Vemos una caravana, compatriota de aquellos que pagan, que avanza por las pistas del desierto con la fanfarria de pegatinas, coronel Tapiocca y alegría desdeñosa de ONG. El objetivo está claro –secuestro a cambio de dinero-. La jerarquía, más aún: en los miles de kilómetros de desierto por el que nos movemos, no ha puesto un pie un policía o soldado mauritano en su vida. Menos aun los supuestos misioneros de Al-Qaeda. El único que llega es el esforzado viajante de kalashnikovs. Ya sólo tenemos que elegir entre dos opciones: lo montamos por lo privado, o jugamos a cuanto Diego Gambetta -Universidad de Oxford-, denomina el efecto subirse al carro. Es decir: poner cara de ese gran blog que es Al-Qaeda para así crecerme a cambio de un pingüe beneficio para la marca Qaeda, que consigue fe de vida y actividad. El coste añadido es mínimo: un poco de Israel por aquí, Al-Andalus por allá, aderezo de charía, imperialismo, Iraq. El picante aliño habitual, que aprovechan nuestros expertos en yihadismo.
 
Lo cierto es que entre esa casta, el trabajado absentismo gubernamental que nos asiste, y la inexistencia de oposición más allá del “quítate tú que me ponga yo”, al menos tenemos algo que anime las plazuelas. Todo, con tal de no hacer caso a Azaña en aquello de que, en España, si la gente sólo hablase de lo que conoce, se produciría un silencio generalizado que podríamos aprovechar para el estudio. Porque la clave de AQMI nos la ofrece –desde la cárcel- la terrorista de las Brigadas Rojas italianas Nadia Desdemona Lioce, cuando lleva repitiendo desde el 11-S que las masas árabes e islámicas son el aliado natural del viejo proletariado metropolitano –léase, terroristas setenteros-. El relevo discursivo desde aquel disparate al actual. Nada hay en el mundo que no pueda explicarse en clave local, pero no lo permite el circo mediático.  

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