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La transfiguración de Zapatero
La transfiguración de Zapatero
El día 12 de mayo marca un antes y un después en Zapatero: guardó su izquierdismo y empezó a hacer todo lo que había dicho que nunca haría
José Antonio Carrizosa Director de Diario de Sevilla
Zapatero cambió para siempre el 12 de mayo de 2010. Ese día marca un antes y un después en su biografía política y en la historia de su paso por la Presidencia del Gobierno. Con los mercados convulsionados por un ataque al euro sin precedentes, con el país sumido en una crisis tan profunda como no se había conocido en décadas, con el tejido empresarial pulverizado y el paro en niveles tercermundistas, el presidente del Gobierno subió a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados y trazó lo que en ese momento se consideró un amplio programa de reformas para poner a la economía española en la senda de la competitividad, alejar el peligro de colapso y, también, lanzar a los mercados el mensaje de que España abandonaba veleidades izquierdistas y se disponía a marcar el paso disciplinadamente en la dirección que ordenaban los todopoderosos Merkel y Sarkozy.
Las medidas entonces presentadas, conviene recordarlo, abarcaban desde la reducción del sueldo de los funcionarios en un 5 por ciento hasta la congelación de las pensiones, y desde la eliminación del cheque bebé de 2.500 euros hasta la reducción de más de 6.000 millones de euros en la inversión pública estatal. Un ajuste de caballo que, sin embargo, pronto se vería como insuficiente. Un nuevo ataque al euro, a final de año, y una nueva amenaza de intervención de la economía española obligaría a poner en marcha medidas mucho más ambiciosas: la reforma laboral; la de las pensiones, con el aumento de la edad de jubilación a los 67 años; la del sistema financiero con el saneamiento a fondo y la despolitización de las cajas de ahorros, y la del gasto público de la administración periférica en un intento de poner fin al despilfarro de autonomías y ayuntamientos. Y todavía no sabemos lo que está por venir, porque en el horizonte siguen viéndose demasiadas nubes y los síntomas de recuperación son tan débiles que cabe dudar que sean reales, mientras el paro sigue en niveles que dan miedo. Aquel 12 de mayo Zapatero se puso en el camino que Europa le imponía para capear el temporal. A partir de ahí empezó a ganarse la confianza de los líderes europeos que hasta entonces lo habían desdeñado y a los que él había descalificado sin ambages. De Merkel, por ejemplo dijo que era una fracasada y Sarkozy había dicho de él que no le parecía muy inteligente. Pero esos eran otros tiempos. Era cuando Zapatero se resistía a utilizar la palabra crisis a pesar de que todas las luces de alarma estaban encendidas y que desde dentro y desde fuera se le advertía que urgía tomar conciencia de la situación.
El tiempo era una mercancía demasiado valiosa como para perderla y el presidente español parecía no darse cuenta. Era también cuando se mostraba ufano y autoconvencido de que nada había pasado en el mundo desde que lograra ganar las elecciones en 2004 y se empeñaba en aplicar un programa de medidas sociales que disparaba el gasto público y que hundía la competitividad española en unos momentos especialmente delicados. El cheque bebé antes mencionado, los 460 euros para los parados que hubieran agotado la prestación, la ley de dependencia o la revalorización de pensiones eran tan ortodoxas para un Gobierno de izquierdas como imposibles de mantener en una situación en la que parecía que el mundo se nos hundía debajo de los pies. Empeñarse en no ver la realidad mientras el sistema financiero mundial se tambaleaba y el estallido de la burbuja inmobiliaria llevaba al colapso al principal sostén de la economía español era un ejercicio más suicida que voluntarista. Esas actitudes terminan pagándose y Zapatero las pagó. Le penitencia no fue pequeña. A partir de la presentación al Congreso de su plan de ajuste, el presidente guardó su izquierdismo en un cajón de su despacho de la Moncloa y empezó a hacer todo lo que antes había dicho que nunca haría. Le dio la vuelta a su ideario y emprendió el camino de reformas que se le había exigido desde dentro y desde fuera. Le costó una huelga general y la destrucción para siempre de su carisma y su talante.
Pero esa no fue toda la factura. Cuando da un giro de 180 grados a su política, España está ya en los cuatro millones de parados y la inacción ante la crisis ha hundido su popularidad y la de su partido. En el exterior se ha ganado el elogio de los líderes mundiales por haber hecho los deberes, aunque se le imponen nuevas tareas que él acepta disciplinadamente. Pero de puertas para dentro su prestigio está por los suelos y se da por descontado que el PSOE no va a poder presentarlo como candidato a las próximas elecciones. La mala gestión económica se ha llevado por delante a un político tocado por la varita mágica de la buena suerte en demasiadas ocasiones: cuando le ganó a Bono el congreso del PSOE o al llegar en 2004 contra pronóstico a la Presidencia del Gobierno. Pero que cuando se las tuvo que ver con una de las situaciones más complicadas –no sería arriesgado afirmar que la más complicada- que ha vivido España desde que hay democracia, ni supo ver a tiempo lo que se le venía encima ni estar a la altura de la crisis que terminó envolviéndolo y devorándolo. El socialismo en España, después de él, tendrá que reinventarse.
Cronología / España
Resumen de los acontecimientos ocurridos en nuestro país a lo largo de 2010


