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Mariano Rajoy aguanta el tirón de Zapatero
Mariano Rajoy aguanta el tirón de Zapatero
Los populares subieron en votos y en escaños, pero no fue suficiente para colmar sus aspiraciones.
Javier Saugar
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Las victorias disuelven dudas y refuerzan liderazgos y las derrotas generan desconfianza y debilitan la autoridad del líder. Las generales de 2008 hicieron buena esta máxima política, cuyos efectos se hicieron visibles especialmente en los dos grandes partidos. El PSOE se impuso en las urnas con 168 diputados, y el PP volvió a encadenar su segunda derrota consecutiva frente a Zapatero. Los populares subieron en votos y en escaños, hasta alcanzar los 153 diputados, pero no fue suficiente para colmar las ambiciones de un partido que aspiraba a ganar tras desperdiciar cuatro años antes la ventaja de una mayoría absoluta que el ex presidente Aznar sirvió en bandeja a su discípulo Mariano Rajoy.
Como era de esperar, el presidente del Gobierno consolidó su liderazgo en el cónclave que los socialistas celebraron a principios de julio en Madrid, con el mejor aval posible: una nueva victoria que ampliaba además el techo electoral de 2004, cuando obtuvo 164 escaños. Ocho años antes, Zapatero heredó un partido fragmentado, con fuertes tensiones territoriales y abultadas divergencias internas. No le facilitó su labor de reflotar la nave socialista que en la batalla por el liderazgo de Ferraz aventajara en tan sólo nueve votos a José Bono, al que una mayoría creía seguro vencedor. La metamorfosis se completó merced a dos victorias encadenadas en las urnas, que acallaron esos remotos recelos, pacificaron las discrepancias y reforzaron a José Blanco. El gallego, hombre de confianza del presidente, fue premiado con el cargo de vicesecretario general, figura que ostentó tiempo atrás Alfonso Guerra y que Zapatero recuperó. Con esa apuesta, el tándem Zapatero-Blanco se perfila como un remedo del dúo González-Guerra.
En el bando rival, fue el propio Mariano Rajoy quien muy a su pesar abrió el que luego sería un largo, agitado y agrio debate interno sobre su continuidad. Lo hizo la misma noche de las elecciones, cuando compareció en el balcón de la sede de Génova para reconocer la derrota despidiéndose de sus simpatizantes con un enigmático "adiós", que dio pábulo a los rumores sobre su inminente retirada. Fiel a sus maneras de dejar pasar el tiempo, Rajoy mantuvo la incógnita durante 48 horas, recluyéndose en su casa. A los dos días despejó el interrogante anunciando que se presentaría, con su propio equipo, a la reelección, dejando entrever así el escaso margen de libertad con el que conformó el equipo con el que concurrió a las urnas, en el que despuntaban Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, hombres fuertes de la era Aznar.
El suspense se multiplicó cuando un grupo de críticos tan estruendoso como infatigable aparecía día tras día para cuestionar la continuidad de Rajoy, que no dispuso de un momento de sosiego en tres meses. La presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, hizo las veces de ariete de ese sector pero rehusó finalmente abanderar la alternativa. Sí pudo hacerlo, amagó pero no dio el paso el alicantino y ex ministro Juan Costa, que con su retirada dejó despejado el camino de Rajoy hasta Valencia, donde revalidó su liderazgo en el XV Congreso Nacional de junio.
El gran revés de Rajoy no fue, sin embargo, la aparición de ese sector crítico sino la salida de María San Gil, emblema del PP en la lucha contra el terrorismo. Su marcha, motivada por el pulso que mantuvo con su jefe de filas por la relación con los nacionalistas, añadió más voltaje al ruido interno contra Rajoy.
Los partidos minoritarios sucumbieron igualmente a la máxima política de las derrotas y las victorias. Tras cosechar un nuevo descalabro, Gaspar Llamazares abandonó su puesto al frente de IU mientras que los nacionalistas, que perdieron fuelle después de una legislatura en la que tuvieron mucho peso, se sometieron a una intensa introspección.
Como era de esperar, el presidente del Gobierno consolidó su liderazgo en el cónclave que los socialistas celebraron a principios de julio en Madrid, con el mejor aval posible: una nueva victoria que ampliaba además el techo electoral de 2004, cuando obtuvo 164 escaños. Ocho años antes, Zapatero heredó un partido fragmentado, con fuertes tensiones territoriales y abultadas divergencias internas. No le facilitó su labor de reflotar la nave socialista que en la batalla por el liderazgo de Ferraz aventajara en tan sólo nueve votos a José Bono, al que una mayoría creía seguro vencedor. La metamorfosis se completó merced a dos victorias encadenadas en las urnas, que acallaron esos remotos recelos, pacificaron las discrepancias y reforzaron a José Blanco. El gallego, hombre de confianza del presidente, fue premiado con el cargo de vicesecretario general, figura que ostentó tiempo atrás Alfonso Guerra y que Zapatero recuperó. Con esa apuesta, el tándem Zapatero-Blanco se perfila como un remedo del dúo González-Guerra.
En el bando rival, fue el propio Mariano Rajoy quien muy a su pesar abrió el que luego sería un largo, agitado y agrio debate interno sobre su continuidad. Lo hizo la misma noche de las elecciones, cuando compareció en el balcón de la sede de Génova para reconocer la derrota despidiéndose de sus simpatizantes con un enigmático "adiós", que dio pábulo a los rumores sobre su inminente retirada. Fiel a sus maneras de dejar pasar el tiempo, Rajoy mantuvo la incógnita durante 48 horas, recluyéndose en su casa. A los dos días despejó el interrogante anunciando que se presentaría, con su propio equipo, a la reelección, dejando entrever así el escaso margen de libertad con el que conformó el equipo con el que concurrió a las urnas, en el que despuntaban Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, hombres fuertes de la era Aznar.
El suspense se multiplicó cuando un grupo de críticos tan estruendoso como infatigable aparecía día tras día para cuestionar la continuidad de Rajoy, que no dispuso de un momento de sosiego en tres meses. La presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, hizo las veces de ariete de ese sector pero rehusó finalmente abanderar la alternativa. Sí pudo hacerlo, amagó pero no dio el paso el alicantino y ex ministro Juan Costa, que con su retirada dejó despejado el camino de Rajoy hasta Valencia, donde revalidó su liderazgo en el XV Congreso Nacional de junio.
El gran revés de Rajoy no fue, sin embargo, la aparición de ese sector crítico sino la salida de María San Gil, emblema del PP en la lucha contra el terrorismo. Su marcha, motivada por el pulso que mantuvo con su jefe de filas por la relación con los nacionalistas, añadió más voltaje al ruido interno contra Rajoy.
Los partidos minoritarios sucumbieron igualmente a la máxima política de las derrotas y las victorias. Tras cosechar un nuevo descalabro, Gaspar Llamazares abandonó su puesto al frente de IU mientras que los nacionalistas, que perdieron fuelle después de una legislatura en la que tuvieron mucho peso, se sometieron a una intensa introspección.
Cronología / España
Resumen de los acontecimientos ocurridos en nuestro país a lo largo de 2010


