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La democracia televisada
La democracia televisada
Después de 15 años se pudo asistir a un debate entre los dos aspirantes, una práctica asentada en las democracias consolidadas.
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del Grupo Joly
Por encima de los once millones de personas vieron por televisión cada uno de los debates entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy que marcaron la campaña de las elecciones generales de 2008. No se puede decir, por tanto, que el género no interese a los votantes o que que no sea útil para que los ciudadanos se formen su propia opinión sobre las ofertas que presentan los diferentes candidatos. ¿Por qué, entonces, los debates electorales son una rareza en nuestro país? Desgraciadamente, la respuesta es demasiado fácil: porque los partidos valoran los debates como un elemento estratégico de campaña y ponen en un plano muy posterior el interés objetivo que estas confrontaciones dialécticas puedan tener para los electores. Los españoles tuvieron que esperar 15 años, desde que en 1993 se enfrentaron Felipe González y José María Aznar, para volver a ver en sus televisores un debate entre los dos aspirantes a la Presidencia del Gobierno. Por medio, tres convocatorias de elecciones generales en las que fue imposible poner de acuerdo a los dos partidos mayoritarios, a pesar de los ofrecimientos de las cadenas públicas y privadas. En todos los casos porque la dirección de campaña de uno de los dos candidatos decidió que éste tenía mucho que perder y muy poco que ganar si aceptaba el envite. Fue la razón que hizo que Mariano Rajoy rechazara en 2004 las insistentes peticiones de los socialistas para debatir con José Luis Rodríguez Zapatero. Bien que debió lamentarlo cuando perdió.
Ahora es el momento, cuando faltan todavía tres años para la próximas generales, de sentar las bases para que 2008 no se convierta en una excepción y los debates se incorporen con normalidad a las campañas electorales. Bien mediante un acuerdo expreso y público entre los principales partidos o incluso mediante una reforma de la legislación electoral que los regule como una práctica de campaña. No estaremos haciendo nada que, con mayor o menor asiduidad, no se esté haciendo ya en los países de democracia consolidada. Hasta tal punto que no se concibe una campaña electoral sin que los candidatos confronten públicamente sus planteamientos. Es el caso paradigmático de los Estados Unidos, pero es también una práctica ya habitual en todas las grandes democracias europeas. Por citar el ejemplo más significativo de los últimos años, recuérdense los debates entre Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal para las presidenciales francesas de 2007, que, según muchos expertos, movilizaron los votos necesarios para que el candidato de la derecha se impusiera a la aspirante socialista en la segunda vuelta.
Es en Estados Unidos, como decimos, donde los debates electorales centran hasta tal punto la campaña que éstas son poco más que los duelos televisados entre los candidatos. No se conciben de otra forma: no hay carteles en las calles y los mítines son exclusivamente para afirmar la presencia de los candidatos en los informativos de las cadenas locales de televisión. El largo camino que ha llevado a Barack Hussein Obama a la Casa Blanca ha estado jalonado de debates, convertidos, por derecho propio y por la proyección mediática de todo lo que ocurre en ese país, en acontecimientos mundiales sobre los que todos nos hemos podido formar una opinión. Primero frente a sus rivales en el Partido Demócrata, la senadora Clinton fundamentalmente, y luego contra el candidato republicano, el también senador John McCain, Obama pudo demostrar que tenía carisma y programa como para convertirse en el primer presidente negro de los Estados Unidos. La televisión y los debates hicieron posible lo que sólo cuatro años antes hubiera parecido una utopía.
Pero incluso antes de que existiera la televisión ya se celebraban en Estados Unidos este tipo de enfrentamientos dialécticos en teatros y auditorios. La televisión los convirtió en espectáculo y puso el énfasis en los detalles que transmitían la personalidad de los candidatos. Que en el primer debate televisado de la historia Nixon apareciera sudoroso y mal afeitado fue clave en la victoria de John Kennedy. Desde entonces, los expertos al servicio de los candidatos han intentado construir la personalidad del candidato a través de su imagen. Se trataba de transmitir competencia, seguridad, fiabilidad, confianza. Pero en último término, al llegar la hora del debate, el candidato tenía que ser convincente para mostrar la justeza de sus argumentos y lo inapropiado de los del contrario.
Es, en definitiva, la democracia televisada, con sus innumerables inconvenientes, pero también con muchas ventajas. Los inconvenientes hay que buscarlos en la facilidad que da para la impostura y en como muchas veces tras un aspecto atractivo se esconde la nada más absoluta. Las ventajas vienen de la facilidad que dan los medios de masas para que se confronten diferentes posiciones y para que el elector pueda sacar sus propias conclusiones.
En España nos queda todavía un camino por recorrer para asentar prácticas que perfeccionen nuestra democracia. La introducción de los debates televisados en las campañas como práctica habitual contribuirá a ese objetivo. Las experiencia de 2008, también lo fue la de 1993, es suficientemente positiva para que los partidos y el conjunto de la sociedad tomen conciencia de que no es una cuestión que pueda quedar al albur de las estrategias de cada momento. En la consecución de este objetivo una televisión pública verdaderamente independiente y con voluntad de servicio público tiene un papel clave que cumplir. Ello tendría, además, otro aspecto colateral nada desdeñable: el respeto a las minorías y la posibilidad de que las recetas de todos los partidos, y no sólo de los dos grandes, pudieran llegar a los electores.
Cronología / España
Resumen de los acontecimientos ocurridos en nuestro país a lo largo de 2010


