No es la economía, estúpido

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Reclamo publicitario en un comercio. /Sergio Camacho

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Diego Martínez López
Profesor de Economía. Universidad Pablo de Olavide

Este artículo no necesariamente debe ir firmado por un economista. Tampoco tiene por qué referirse de forma ineludible a Andalucía. Lo que se escribe más abajo puede dictarlo el sentido común de un ciudadano cualquiera y aplicarse con bastante similitud al conjunto de España.

La economía andaluza ha finalizado 2009 tocando el fondo de un ciclo recesivo sin precedentes. A la crisis financiera internacional se unió el pinchazo de una burbuja inmobiliaria que hubiese explotado de todas formas, tal y como anticipamos decenas de personas asistidas por el sentido común. Durante unos años nos dedicamos a consumir e invertir más de lo que nos permitían nuestras posibilidades y tuvimos que pedir prestado fuera de nuestras fronteras. Ofrecíamos a cambio el valor (creciente) de nuestras viviendas. Pero como bien saben, este juego se interrumpió a mediados de 2007 y durante dos años y medio hemos marchado cuesta abajo y sin frenos.

Afortunadamente, hay indicios para pensar que el deterioro se ha estabilizado y en los próximos meses podemos transitar ya por el camino de la recuperación. Sin embargo, esta nueva etapa no está exenta de incertidumbres (incluso se mantiene el riesgo de retroceso) ni avanzará a una velocidad de crucero considerable. Por ello, una de las principales preguntas que nos hacemos es cuánto más durará esta travesía del desierto. Y la capacidad de una economía como la andaluza para regresar a una senda de crecimiento estable y sostenido (también sostenible, si quieren) va a depender de la eficiencia y eficacia con la que se aborden los retos. Aunque seguro que ya han oído hablar de ellos, les presento a los más significativos.

El primero y más indiscutible ya lo pueden imaginar: la pésima situación de nuestro mercado de trabajo. Y no me estoy refiriendo sólo a lo más evidente (una tasa de paro vergonzosa a escala internacional), sino a una serie de “enigmas” que acompañan a esta situación: ¿por qué no se produce un incremento de la conflictividad social ante este fenómeno?, ¿quizás la concertación social, además de sus múltiples dimensiones, inocula paz social?, ¿o bien que esos volúmenes socialmente insostenibles de paro sólo existen en las estadísticas y todos lo sabemos y nadie se preocupa como debiera?, ¿por qué no se inician fenómenos migratorios de envergadura hacia provincias, regiones o países con menor tasa de paro?, ¿por la generosidad de nuestro sistema de protección social?

Un segundo reto tiene que ver con la educación. Después de haber dedicado varios lustros a descafeinar contenidos, discutir sobre educación para la ciudadanía versus religión y primar la cantidad frente a la calidad, nos hemos topado con un desorbitado fracaso escolar y un sistema universitario por debajo de las expectativas investigadoras y de cualificación que requiere el mercado de trabajo. ¿Se tiene claro aquí cuál es el perfil de estudiante que necesitamos para competir con profesionales chinos o escandinavos?, ¿se ha valorado la secuencia que requiere la introducción de nuevas tecnologías en la escuela?, ¿seguirán nuestros jóvenes siendo incapaces de hablar inglés después de llevar toda una vida estudiándolo?
Una parte de la aventura que tenemos por delante la constituye, a mi juicio, el tercer reto: la reforma de la Administración. Si el planteamiento es el adecuado y el diseño y puesta en marcha de una ambiciosa estrategia de reforma no es torpedeado por intereses políticos de nula utilidad social, podría emplearse esta reforma para liderar otros cambios no menos importantes para el conjunto de la sociedad. Nuevamente surgen las preguntas: los que tienen responsabilidades de poder, ¿saben y son capaces de aplicar la meritocracia en la selección y promoción de personal?, ¿realmente se ha valorado el coste que un sistema tan burocrático como el nuestro impone a las actividades más dinámicas: gestión de la investigación, transferencia de conocimientos, competencia en actividades de servicios de alto valor añadido, etc.?

Y el cuarto desafío, que gira en torno a la necesidad de innovación, se resume bien en un eslogan publicitario: la potencia sin control no sirve de nada. Aunque tanto la voluntad política como los recursos disponibles siempre son mejorables, no creo que el fallo principal se sitúe en ambas circunstancias. Más bien pienso que la ausencia de un modelo de referencia claro y de unos intereses alineados hacia una meta común equivocan los resultados. ¿Dejarán de ser las Universidades y las empresas mundos separados por una frontera todavía demasiado gruesa?, ¿nos convenceremos de que la investigación e innovación de calidad exige excelencia y no café para todos?, ¿seremos conscientes de que, a medio plazo, debe ser el sector privado el que soporte el grueso de la I+D+i y, de forma equivalente, reciba sus principales rendimientos? De lo contrario, continuaremos poniendo el carro delante de los bueyes. 

Al principio del artículo les anticipaba un texto no económico, y creo que he cumplido razonablemente mi compromiso. Los retos de la economía andaluza no solo admiten un tratamiento técnico y profesional sino que se derivan de la mera aplicación del sentido común. Alguien decía que la inteligencia es lo que peor repartido está en el mundo (y, maldición, ¡no tenemos impuestos para redistribuirla!) pero el sentido común es diferente. Algunos pensamos que a fuerza de repetir –con cierta pasión- algunas obviedades, nuestros políticos terminarán convenciéndose (a la Unamuno).
Evolución del PIBpm
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Distribucón sectorial del VAB a precios básicos
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Índice general de precios de consumo
Evolución mensual del IPC
Variación del IPC por grupos
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