- Anuario Joly Andalucia 2011
- ECONOMIA
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- El año de la crisis, ¿será el que precede a la recuperación?
El año de la crisis, ¿será el que precede a la recuperación?
El año de la crisis, ¿será el que precede a la recuperación?
El paro ha vuelto a alcanzar proporciones muy elevadas, con una tasa que no se alcanzaba desde finales de la década de los noventa
Francisco Villalba Doctor en Economía
Definitivamente en 2009 la economía andaluza registró un fuerte retroceso, un aterrizaje brusco a la dura realidad, después de varios años de un despegue poco fundamentado (y demasiado burbujeante). Esta fase de expansión desequilibrada, que habría comenzado a finales de la década de los noventa, se había evidenciado en un notable avance de la demanda interna –con el consiguiente agujero exterior–, mientras por el lado de la oferta, el sector construcción había ganado especial relevancia dentro de la estructura productiva regional, en detrimento de otras actividades como las ramas industriales.
Pero sin entrar en el análisis de las causas que nos llevaron a la actual crisis, conviene primero aproximar la trayectoria de la economía andaluza más reciente, a lo largo del último año, a través de los principales indicadores de actividad que más información nos proporcionan. Así, de acuerdo con las estimaciones provisionales en 2009, el PIB regional habría decrecido un 3,6 por ciento (la Secretaria General de Economía de la Junta de Andalucía señala una tasa similar, -3,5 por ciento), agudizándose la caída que venía observando desde el segundo trimestre de 2008, y que se tradujo ya en el conjunto de dicho año en un modesto avance del 0,6 por ciento. Precisamente en dicho ejercicio, el mayor dinamismo demográfico de Andalucía que del resto de España y la desaceleración más intensa en el avance de la producción, determinaron que el PIB per cápita de nuestra comunidad autónoma se estancara, interrumpiendo la tendencia de años anteriores y propiciando una ampliación del diferencial con respecto a España en renta por habitante.
El ajuste de la actividad ha conllevado una contracción aún más severa del empleo, ya que en el promedio de 2009 la ocupación se redujo en torno al 7,2 por ciento, con una disminución de 330.000 empleos en los dos últimos años. El sector construcción acapara más de la mitad de este empequeñecimiento de la población ocupada en Andalucía, si bien cabe recordar que en el resto de sectores productivos se ha registrado una caída del empleo. En este sentido, la industria regional, que ya venía con anterioridad a la crisis sufriendo un retraimiento –constatable en términos de índices de producción industrial y de Valor Añadido Bruto– ha agudizado su contracción en la actual coyuntura, expulsando unos 34.200 ocupados en el balance de 2009. También la aparente fortaleza del sector agrario andaluz se ha tambaleado, y redujo el número de trabajadores en más de 5.000 efectivos, en el promedio del pasado año. Mientras, el menor dinamismo en numerosas ramas del sector terciario, incluyendo los servicios turísticos, ha evidenciado la escasa necesidad de contrataciones, observándose un descenso del empleo (unos 57.200 menos, según la EPA en el balance anual). En consecuencia, el paro ha vuelto a alcanzar en 2009 proporciones muy elevadas, situándose en el último trimestre del pasado año en el 26,3 por ciento sobre la población activa, una tasa que no se alcanzaba desde finales de la década de los noventa.
Sin duda, el comportamiento del mercado de trabajo es el reflejo de las dificultades por las que atraviesan las empresas (las sociedades mercantiles y las unipersonales, es decir los autónomos). Así, en el último año, más de 51.400 ocupados que tenían la condición de empresarios han dejado de serlo (según las estimaciones de la EPA). Por su parte, el número de sociedades mercantiles (de acuerdo con los registros del Dirce, INE, a 1 de enero de 2009) han disminuido en 3.452 entidades, mientras las empresas con condición legal no societaria habrían descendido en 9.291. En este contexto, resulta explicable el descenso en el número de sociedades de nueva creación que hasta noviembre habían caído un 20,8 por ciento en tasa interanual, después de la significativa reducción sufrida el pasado año (-32,1 por ciento), y que, por supuesto, ha conllevado una menor dimensión del capital suscrito.
La verdad es que en relación con el comportamiento de algunos indicadores podría decirse que llueve sobre mojado. Esta es la sensación que se tiene al analizar las cifras del sector construcción y, en particular, del residencial. En 2009 prosiguió la corrección inevitable en la edificación de viviendas, acorde con la sobreoferta existente y la demanda cautiva y titubeante. Tras la alocada producción (entre 2004 y 2006 se llegaron a iniciar casi medio millón de viviendas en Andalucía) resulta comprensible la caída en la ejecución de nuevos proyectos que se viene observando desde 2007 y que en el último año ha llevado el número de viviendas visadas por los Colegios de Arquitectos en la región a niveles de hace 50 años. Teniendo en cuenta la rigidez de los precios a la baja (de acuerdo con las estadísticas de precios oficiales, éstos se han reducido en mucha menor proporción que en otros países) y la comprometida posición de las entidades financieras –convertidas en promotores –, el desencuentro entre la oferta y la demanda de viviendas podría prolongarse por algún tiempo.
En consonancia con esta descompensada evolución de la actividad residencial y de la inversión en vivienda, la trayectoria del crédito al sector privado (para el sector inmobiliario, para las familias que se hipotecaban, pero también para otros sectores productivos y otras finalidades de consumo) intensificó el proceso de desaceleración que ya venía registrando desde antes del comienzo de las turbulencias financieras, y llegó a caer en tasas negativas en el segundo trimestre de 2009. El panorama es muy claro: la financiación resulta más escasa que en el pasado porque el acceso a los capitales es ahora más costoso y en un contexto de creciente morosidad, con empresas y particulares susceptibles de caer en dificultades, las entidades actúan con prudencia y son especialmente adversas al riesgo (nunca debieron dejar de serlo). Pero la caída de la rentabilidad y los beneficios que la pérdida del negocio tradicional está generando (junto con la dotación de provisiones) constituyen un aliciente para propiciar una reestructuración del sector (en 2009 comenzaron algunas fusiones) y previsiblemente también alentará a innovaciones (fondos de inversión especializados) que faciliten la financiación necesaria para nuevos y fructíferos proyectos empresariales.
Muy reveladora acerca del presunto origen externo de la crisis que atraviesa Andalucía (y España) es la vertiente del comercio exterior. En el último año, las exportaciones al extranjero han sufrido un menoscabo notable (en torno al 17 por ciento), fruto del retraimiento de las economías foráneas (especialmente de los países desarrollados, que son nuestros principales clientes). Pero este descenso ha sido mucho menos acusado que el registrado por las importaciones regionales (-36 por ciento), comprobándose así el fortísimo debilitamiento de nuestra demanda interna (del consumo y de la inversión que en los últimos años fueron los responsables del déficit comercial). De esta forma, parece elemental convenir en que las raíces de la recesión de la economía andaluza (y la del conjunto español) tienen básicamente un carácter interno –en su mayor parte–, si bien es cierto que también ha coincidido con un entorno exterior poco favorable. En cualquier caso, considerando los diagnósticos y previsiones que aseguran la inminente recuperación de las economías foráneas, parece claro que conquistar el mercado exterior debe ser el objetivo de los productores andaluces, ya que la demanda doméstica permanece bastante desanimada.
Precisamente, antes de finalizar con este resumen crudo y realista de la coyuntura económica andaluza, parece oportuno recordar los retos más apremiantes a los que nos enfrentamos para poder salir antes (y aun así será más tarde que en otros países de nuestro entorno) y con ciertas garantías de éxito de la actual recesión y entrar en un nuevo ciclo expansivo. El análisis del comportamiento de los agentes resulta bastante elocuente acerca de la urgencia de restaurar la confianza (de los consumidores y de las empresas para invertir), así la tendencia de los indicadores de gasto se corregirán y las entidades financieras también estarán más predispuestas a hacer su función. La política económica puede contribuir a generar un clima de confianza a través de su actuación decidida en resolver algunas grandes cuestiones pendientes, como la reforma laboral –con una revisión amplia de los sistemas de contratación, negociación, formación, servicios de empleo, prestaciones sociales, etc.–, la apuesta por equilibrar las cuentas públicas, por favorecer –quizá con incentivos fiscales– la cultura de la innovación, así como por corregir rigideces y trabas administrativas que dificultan la creación de empresas y el desarrollo competitivo de los mercados, sin olvidar cambios ambiciosos en nuestro sistema educativo (que pueden tardar diez años en dar frutos), en la justicia o en las pensiones. Estos entre otros vectores fortalecerán nuestra estructura productiva, el potencial de crecimiento a largo plazo de la economía, dejando que sean estas libres fuerzas del mercado –con reglas del juego apropiadas– las que configuren el nuevo modelo productivo de Andalucía.


