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Nadal, una leyenda de 24 años
Tenis
Nadal, una leyenda de 24 años
Superó una situación problemática para renacer con orgullo y recuperar el número uno. Su año fue de auténtico maestro
Francisco Merino
Decir de él que es el mejor suena a tibio elogio. Lo que ha hecho en su carrera, y especialmente en el año 2010, impresiona tanto como las expectativas ante sus nuevos desafíos. El fenómeno Nadal no se detiene. El campeón mundial de los campeones, como etiqueta su premio anual el diario francés L’Equipe –que fue a parar a manos del español, obviamente–, agota calificativos mientras engrosa su expediente con hazañas en cualquier lugar del mundo, en cualquier superficie y ante cualquier adversario. Y sólo tiene 24 años. ¿Demasiado joven para ser una leyenda?
Si existiera alguna razón para rechazar su rango legendario resulta, desde luego, muy difícil encontrarla. Nadal no solamente juega al tenis como los ángeles, conquista títulos a ritmo de vértigo, engrosa su cuenta corriente con suculentas ganancias y se reafirma como número uno mundial de su deporte. Su figura se agiganta por el estilo que demuestra tanto en los momentos de gloria como en la adversidad –en 2009 vivió un curso aciago debido a las lesiones y a problemas personales–, desplegando un encanto natural que le reporta la admiración de seguidores de cualquier sexo, edad y condición. Cae bien sin proponérselo, huyendo de las poses o de la afectación de otras estrellas mundiales. Un genio de lo más natural. Nadal recibió en 2010, de manos del presidente de la ATP, Adam Helfant, el galardón como número uno del ranking mundial, una nominación que recogió en la pista central del O2 londinense, un lugar especial para él. Ganador de tres títulos de Grand Slam (Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos) y un total de siete en todo el circuito, el balear añadió a su historial como jugador uno de esos episodios que ennoblecen el deporte y cautivan los corazones de los fans: superó una situación problemática, cayendo desde la cima por el empuje de competidores extraordinarios como Federer o Djokovic, para renacer con orgullo y recuperar el puesto más alto del escalafón. Su año fue de auténtico maestro.
Después de la pesadilla de la temporada de 2009, en la que padeció un calvario de lesiones y tuvo que soportar las especulaciones sobre su pérdida de ilusión por competir debido a distintas situaciones personales, a Rafa Nadal le pareció un mero contratiempo la lesión de rodilla que le hizo abandonar ante Andy Murray en los cuartos de final del Open de Australia. Era su debut en 2010, el año que tenía subrayado en su calendario personal para explotar de nuevo como el gran dominador del tenis mundial. Después de encadenar dos semifinales en Indian Wells y Miami afrontó el Torneo de Montecarlo, uno de sus predilectos, con la intención de dar un golpe de autoridad. Lo hizo. Tras los torneos de Roma y Madrid, y a pesar de que los dolores de rodilla se le reprodujeron –de hecho, ha tenido que convivir con el dolor toda la campaña–, llegó a Roland Garros para bañarse en gloria y recuperar su título. Sin estar restablecido por completo de su lesión acudió a Wimbledon, su pista más querida, para terminar levantando el trofeo ante unos seguidores que le veneran. Sin embargo, el alto nivel de exigencia, mental y física, de la cita londinense hizo que tuviera que renunciar a formar parte del equipo español de Copa Davis que acudió a jugar los cuartos contra Francia. Antes de volver a las pistas, en agosto, para afrontar el Torneo de Canadá, Rafa Nadal ofreció una de esas lecciones de humildad que tanto han ayudado a construir, sin necesidad de marketing ni planificaciones, la imagen y la reputación de un español universal. Envuelto con la bandera nacional y la cara pintada, como cualquier aficionado, acudió a Sudáfrica para asistir al histórico momento de la conquista del Mundial de Fútbol por parte de la selección española. Allí estuvo con uno de sus grandes amigos, otro de los mayores talentos deportivos de la historia de este país: Pau Gasol. El rey Nadal era un chico de Manacor que, como tantos otros españoles, asistía con orgullo a lo nunca visto. Sus cánticos y expresiones de alegría ante las cámaras, rodeado de seguidores, dieron la vuelta al mundo. De vuelta a las pistas, cerró el año conquistando en septiembre frente a Novak Djokovic el único trofeo del Grand Slam que le faltaba, el US Open. Con este triunfo logró el Golden Slam: ganar los cuatro Grand Slam del año más la medalla de oro en los Juegos Olímpicos. Ha sido el más joven de la historia en lograrlo. Precisamente su edad supone el mejor argumento para pensar en que Nadal pueda desbancar del pedestal a los mayores genios del tenis mundial, especialmente al suizo Roger Federer, con quien mantiene una bellísima pugna que convierte cada uno de sus enfrentamientos en un acontecimiento épico con audiencias planetarias. El español lleva ganados 43 torneos, comparados con los 36 que acumulaba en su historial el suizo cuando tenía los mismos años.
Éste ha sido cinco veces número uno del año (2004, 2005, 2006, 2007 y 2009), mientras que el mallorquín alcanzó el top 1 en 2008 y en este último 2010. Por cierto, que el mismo día en que recogió el galardón de número uno de la ATP recibió el premio Stefan Edberg, en honor al tenista sueco, que reconoce la buena actitud del jugador en la pista y que se concede por una valoración realizada entre los propios compañeros del circuito. Hasta sus víctimas le admiran. “Uno quiere sufrir para disfrutar. El día que no haya sufrimiento ni capacidad de superación, punto final y a otra cosa”, dice Nadal, un héroe contemporáneo.
Decir de él que es el mejor suena a tibio elogio. Lo que ha hecho en su carrera, y especialmente en el año 2010, impresiona tanto como las expectativas ante sus nuevos desafíos. El fenómeno Nadal no se detiene. El campeón mundial de los campeones, como etiqueta su premio anual el diario francés L’Equipe –que fue a parar a manos del español, obviamente–, agota calificativos mientras engrosa su expediente con hazañas en cualquier lugar del mundo, en cualquier superficie y ante cualquier adversario. Y sólo tiene 24 años. ¿Demasiado joven para ser una leyenda?
Si existiera alguna razón para rechazar su rango legendario resulta, desde luego, muy difícil encontrarla. Nadal no solamente juega al tenis como los ángeles, conquista títulos a ritmo de vértigo, engrosa su cuenta corriente con suculentas ganancias y se reafirma como número uno mundial de su deporte. Su figura se agiganta por el estilo que demuestra tanto en los momentos de gloria como en la adversidad –en 2009 vivió un curso aciago debido a las lesiones y a problemas personales–, desplegando un encanto natural que le reporta la admiración de seguidores de cualquier sexo, edad y condición. Cae bien sin proponérselo, huyendo de las poses o de la afectación de otras estrellas mundiales. Un genio de lo más natural. Nadal recibió en 2010, de manos del presidente de la ATP, Adam Helfant, el galardón como número uno del ranking mundial, una nominación que recogió en la pista central del O2 londinense, un lugar especial para él. Ganador de tres títulos de Grand Slam (Roland Garros, Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos) y un total de siete en todo el circuito, el balear añadió a su historial como jugador uno de esos episodios que ennoblecen el deporte y cautivan los corazones de los fans: superó una situación problemática, cayendo desde la cima por el empuje de competidores extraordinarios como Federer o Djokovic, para renacer con orgullo y recuperar el puesto más alto del escalafón. Su año fue de auténtico maestro.
Después de la pesadilla de la temporada de 2009, en la que padeció un calvario de lesiones y tuvo que soportar las especulaciones sobre su pérdida de ilusión por competir debido a distintas situaciones personales, a Rafa Nadal le pareció un mero contratiempo la lesión de rodilla que le hizo abandonar ante Andy Murray en los cuartos de final del Open de Australia. Era su debut en 2010, el año que tenía subrayado en su calendario personal para explotar de nuevo como el gran dominador del tenis mundial. Después de encadenar dos semifinales en Indian Wells y Miami afrontó el Torneo de Montecarlo, uno de sus predilectos, con la intención de dar un golpe de autoridad. Lo hizo. Tras los torneos de Roma y Madrid, y a pesar de que los dolores de rodilla se le reprodujeron –de hecho, ha tenido que convivir con el dolor toda la campaña–, llegó a Roland Garros para bañarse en gloria y recuperar su título. Sin estar restablecido por completo de su lesión acudió a Wimbledon, su pista más querida, para terminar levantando el trofeo ante unos seguidores que le veneran. Sin embargo, el alto nivel de exigencia, mental y física, de la cita londinense hizo que tuviera que renunciar a formar parte del equipo español de Copa Davis que acudió a jugar los cuartos contra Francia. Antes de volver a las pistas, en agosto, para afrontar el Torneo de Canadá, Rafa Nadal ofreció una de esas lecciones de humildad que tanto han ayudado a construir, sin necesidad de marketing ni planificaciones, la imagen y la reputación de un español universal. Envuelto con la bandera nacional y la cara pintada, como cualquier aficionado, acudió a Sudáfrica para asistir al histórico momento de la conquista del Mundial de Fútbol por parte de la selección española. Allí estuvo con uno de sus grandes amigos, otro de los mayores talentos deportivos de la historia de este país: Pau Gasol. El rey Nadal era un chico de Manacor que, como tantos otros españoles, asistía con orgullo a lo nunca visto. Sus cánticos y expresiones de alegría ante las cámaras, rodeado de seguidores, dieron la vuelta al mundo. De vuelta a las pistas, cerró el año conquistando en septiembre frente a Novak Djokovic el único trofeo del Grand Slam que le faltaba, el US Open. Con este triunfo logró el Golden Slam: ganar los cuatro Grand Slam del año más la medalla de oro en los Juegos Olímpicos. Ha sido el más joven de la historia en lograrlo. Precisamente su edad supone el mejor argumento para pensar en que Nadal pueda desbancar del pedestal a los mayores genios del tenis mundial, especialmente al suizo Roger Federer, con quien mantiene una bellísima pugna que convierte cada uno de sus enfrentamientos en un acontecimiento épico con audiencias planetarias. El español lleva ganados 43 torneos, comparados con los 36 que acumulaba en su historial el suizo cuando tenía los mismos años.
Éste ha sido cinco veces número uno del año (2004, 2005, 2006, 2007 y 2009), mientras que el mallorquín alcanzó el top 1 en 2008 y en este último 2010. Por cierto, que el mismo día en que recogió el galardón de número uno de la ATP recibió el premio Stefan Edberg, en honor al tenista sueco, que reconoce la buena actitud del jugador en la pista y que se concede por una valoración realizada entre los propios compañeros del circuito. Hasta sus víctimas le admiran. “Uno quiere sufrir para disfrutar. El día que no haya sufrimiento ni capacidad de superación, punto final y a otra cosa”, dice Nadal, un héroe contemporáneo.


