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Sevilla F.C.: una eterna montaña rusa
Fútbol
Sevilla F.C.: una eterna montaña rusa
El presidente José María Del Nido llegó a la conclusión, después de pensarlo mil veces, que lo de Jiménez ya era una causa perdida
Juan Antonio Solís
El Sevilla atravesó el año 2010 subido en una montaña rusa de la que aún no se ha bajado. Tan pronto echa a un entrenador, algo que jamás había hecho José María del Nido durante su presidencia, como conquista su quinta Copa con toda la brillantez, y con literatura de la buena (¿recogió la Copa Andrés Puerta, o Antonio Palop?); tan pronto se mete en la Champions con un dramático desenlace en Almería, que ya hubiera querido filmar Oliver Stone en Un domingo cualquiera, aquel film de fútbol americano con Al Pacino, como echa por tierra esa gesta ante un don nadie en Europa, el Sporting de Braga; tan pronto da la vuelta al mundo al convertirse en el primer equipo que tumba al todopoderoso Barça de Guardiola, en aquella eliminatoria copera de octavos, como vuelve al Camp Nou siete meses y pico después como un cordero tembloroso y entrega la Supercopa de España.
Cuando el tiempo pase, quedará en la memoria colectiva de los sevillistas la imagen de Palop con la camiseta blanca con el dorsal 16 y el nombre de Puerta rotulado. Un Palop que levantó la Copa al cielo como si fuera un catavinos, tal era la rabia y la energía que todo el que sentía en sevillista transmitía en ese momento al gran capitán. Quizá subió tan rápido al cielo porque Antonio alargó sus brazos para festejarla con sus compañeros. Ese estímulo de la plantilla por dedicarle un título al hermano que se fue resultó implacable para que sucumbieran el sobrehumano Barça, el entonces lanzado Deportivo, el alegre Getafe y finalmente el equipo que se puso de moda en España por su conquista europea, el Atlético de Madrid. Que fueran Diego Capel y Jesús Navas los autores de los goles, dos extremos que además no meten más de 4 ó 5 goles por temporada, puede ser interpretado como otro guiño del destino, de ese destino que parecía haberse escrito antes de la final, a 1.005 kilómetros del Camp Nou: en la ciudad deportiva del Sevilla. Fue especialmente meritoria la conquista de la quinta Copa por la inestabilidad deportiva que por entonces padecía el equipo. Manolo Jiménez fue destituido finalmente en la madrugada ya del 24 de marzo, en la jornada 28 de Liga, después de que el Xerez empatara en Nervión con un gol en el último minuto. El equipo blanco era entonces quinto, lo que puede ser llevadero para cualquier técnico del universo salvo para el arahalense, que ya se dejó buena parte de su menoscabado crédito en la eliminatoria de los octavos de Champions ante el CSKA de Moscú, muy parecida a la que dos años antes tanto daño hizo ante el Fenerbahçe. De nuevo perdió el Sevilla una ocasión ideal de meterse entre los ocho mejores de Europa, meter otra paletada de euros en las arcas y recibir a un ilustre. Como la Liga no fue ni mucho menos tan sólida y regular como la anterior, en la que apenas bajó del tercer puesto, Del Nido llegó a la conclusión, después de pensárselo mil veces, de que lo de Jiménez ya era una causa perdida. El club quiso contratar a Luis Aragonés a marchas forzadas, pero no hubo acuerdo en la reunión cara a cara en Córdoba, y las miradas giraron a las entrañas del club, a un hombre de la casa que convivió al lado de numerosos técnicos y que siempre tuvo feeling con las plantillas, Antonio Álvarez.
Poco a poco, esa solución de urgencia despejó la cabeza de los jugadores lo suficiente para que afrontaran el resto de la temporada con energías, talante positivo y compromiso. Bastó para lograr el billete para la Champions por esa carga azarosa que enriquece al deporte, y sobre todo para plantear con el espíritu competitivo a tope la final copera. El doble éxito quitó a Álvarez el cartel de eventual, pero cuando hubo de partir de cero para afrontar la nueva temporada, la respuesta del cuerpo técnico no fue la misma, y el palo ante el Sporting de Braga, capital en el devenir de esta temporada, condenó al marchenero, que cayó tras la derrota en Alicante ante el Hércules (2-0), en la quinta jornada. El debate del banquillo, que provocó la marcha de Juande en octubre de 2007, se había convertido en una gran hoguera por la ola contraria a Jiménez a pesar de los resultados. El sector crítico de la prensa y el de la afición se retroalimentaron durante esa insufrible fase y con Álvarez, un técnico de orígenes similares a Jiménez, ese fuego seguía amenazando con dañar las mismísimas estructuras del club. Con Gregorio Manzano, un entrenador de fuera, más de consenso y reconocido a nivel nacional, Del Nido buscaba un giro súbito, acabar con ese fuego.
Pero la pésima planificación deportiva, otro verano más, ha impedido la estabilidad: Guarente, baja para lo que queda de temporada, fue fichado asumiendo el riesgo de lesión que conllevaba; Cigarini no da el nivel ni de lejos de lo que se pretendía con el frustrado fichaje de Borja Valero, y el desequilibrio lleva a una manifiesta debilidad defensiva que llegó a amenazar también con llevarse a Manzano. Su equipo suele responder mejor en los partidos decisivos (Dortmund, rivales directos en Liga, eliminatorias coperas) que en el día a día de la Liga, donde tendrá que acometer una mayúscula remontada en 2011 si quiere reengancharse al tren de la Champions. Para ello, lo primero que debe hacer es bajarse de la montaña rusa...
El Sevilla atravesó el año 2010 subido en una montaña rusa de la que aún no se ha bajado. Tan pronto echa a un entrenador, algo que jamás había hecho José María del Nido durante su presidencia, como conquista su quinta Copa con toda la brillantez, y con literatura de la buena (¿recogió la Copa Andrés Puerta, o Antonio Palop?); tan pronto se mete en la Champions con un dramático desenlace en Almería, que ya hubiera querido filmar Oliver Stone en Un domingo cualquiera, aquel film de fútbol americano con Al Pacino, como echa por tierra esa gesta ante un don nadie en Europa, el Sporting de Braga; tan pronto da la vuelta al mundo al convertirse en el primer equipo que tumba al todopoderoso Barça de Guardiola, en aquella eliminatoria copera de octavos, como vuelve al Camp Nou siete meses y pico después como un cordero tembloroso y entrega la Supercopa de España.
Cuando el tiempo pase, quedará en la memoria colectiva de los sevillistas la imagen de Palop con la camiseta blanca con el dorsal 16 y el nombre de Puerta rotulado. Un Palop que levantó la Copa al cielo como si fuera un catavinos, tal era la rabia y la energía que todo el que sentía en sevillista transmitía en ese momento al gran capitán. Quizá subió tan rápido al cielo porque Antonio alargó sus brazos para festejarla con sus compañeros. Ese estímulo de la plantilla por dedicarle un título al hermano que se fue resultó implacable para que sucumbieran el sobrehumano Barça, el entonces lanzado Deportivo, el alegre Getafe y finalmente el equipo que se puso de moda en España por su conquista europea, el Atlético de Madrid. Que fueran Diego Capel y Jesús Navas los autores de los goles, dos extremos que además no meten más de 4 ó 5 goles por temporada, puede ser interpretado como otro guiño del destino, de ese destino que parecía haberse escrito antes de la final, a 1.005 kilómetros del Camp Nou: en la ciudad deportiva del Sevilla. Fue especialmente meritoria la conquista de la quinta Copa por la inestabilidad deportiva que por entonces padecía el equipo. Manolo Jiménez fue destituido finalmente en la madrugada ya del 24 de marzo, en la jornada 28 de Liga, después de que el Xerez empatara en Nervión con un gol en el último minuto. El equipo blanco era entonces quinto, lo que puede ser llevadero para cualquier técnico del universo salvo para el arahalense, que ya se dejó buena parte de su menoscabado crédito en la eliminatoria de los octavos de Champions ante el CSKA de Moscú, muy parecida a la que dos años antes tanto daño hizo ante el Fenerbahçe. De nuevo perdió el Sevilla una ocasión ideal de meterse entre los ocho mejores de Europa, meter otra paletada de euros en las arcas y recibir a un ilustre. Como la Liga no fue ni mucho menos tan sólida y regular como la anterior, en la que apenas bajó del tercer puesto, Del Nido llegó a la conclusión, después de pensárselo mil veces, de que lo de Jiménez ya era una causa perdida. El club quiso contratar a Luis Aragonés a marchas forzadas, pero no hubo acuerdo en la reunión cara a cara en Córdoba, y las miradas giraron a las entrañas del club, a un hombre de la casa que convivió al lado de numerosos técnicos y que siempre tuvo feeling con las plantillas, Antonio Álvarez.
Poco a poco, esa solución de urgencia despejó la cabeza de los jugadores lo suficiente para que afrontaran el resto de la temporada con energías, talante positivo y compromiso. Bastó para lograr el billete para la Champions por esa carga azarosa que enriquece al deporte, y sobre todo para plantear con el espíritu competitivo a tope la final copera. El doble éxito quitó a Álvarez el cartel de eventual, pero cuando hubo de partir de cero para afrontar la nueva temporada, la respuesta del cuerpo técnico no fue la misma, y el palo ante el Sporting de Braga, capital en el devenir de esta temporada, condenó al marchenero, que cayó tras la derrota en Alicante ante el Hércules (2-0), en la quinta jornada. El debate del banquillo, que provocó la marcha de Juande en octubre de 2007, se había convertido en una gran hoguera por la ola contraria a Jiménez a pesar de los resultados. El sector crítico de la prensa y el de la afición se retroalimentaron durante esa insufrible fase y con Álvarez, un técnico de orígenes similares a Jiménez, ese fuego seguía amenazando con dañar las mismísimas estructuras del club. Con Gregorio Manzano, un entrenador de fuera, más de consenso y reconocido a nivel nacional, Del Nido buscaba un giro súbito, acabar con ese fuego.
Pero la pésima planificación deportiva, otro verano más, ha impedido la estabilidad: Guarente, baja para lo que queda de temporada, fue fichado asumiendo el riesgo de lesión que conllevaba; Cigarini no da el nivel ni de lejos de lo que se pretendía con el frustrado fichaje de Borja Valero, y el desequilibrio lleva a una manifiesta debilidad defensiva que llegó a amenazar también con llevarse a Manzano. Su equipo suele responder mejor en los partidos decisivos (Dortmund, rivales directos en Liga, eliminatorias coperas) que en el día a día de la Liga, donde tendrá que acometer una mayúscula remontada en 2011 si quiere reengancharse al tren de la Champions. Para ello, lo primero que debe hacer es bajarse de la montaña rusa...


