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Enloqueciendo al conjuro del fútbol
Enloqueciendo al conjuro del fútbol
Ha sido la primera vez en la historia del fútbol que un equipo que perdía en el arranque ganaba el Mundial
Luis Carlos Peris Periodista
Los fantasmas resucitados la tarde del debut quedaban enterrados para siempre a falta de cuatro minutos para la finalización del Mundial, del primer Mundial que hollaba suelo africano, gracias a un disparo a quemarropa de un muchacho con pinta de antihéroe que, además, nació en la Mancha. Ese gol de Andrés Iniesta, natural de Fuentealbilla y vecino de Barcelona, proclamaba a España como rey del fútbol casi un mes después de que todos los demonios familiares hubiesen reaparecido la tarde del 16 de junio en el Moses Mhabida de Durban.
Aquel gol de Gelson Fernandes, un caboverdiano que juega por Suiza, en el partido inaugural había despertado demasiados demonios familiares. Precisamente cuando el castillo que habitualmente se levanta en este país en vísperas de Mundial parecía más sólido que nunca, Suiza nos lo convertía de naipes una vez más. Y se nos venían a la cabeza esos episodios que parecían maldecir el destino de la selección española cada vez que comparecía en el primer escaparate. Maldita la hora de tantas ilusiones tiradas por tierra una vez más, otra vez más de lo mismo...
Demonios familiares demasiado familiares a pesar del tiempo transcurrido que nos asaltaban como en una pesadilla tantas veces renovada y que pasaban por la sesera de forma inmisericorde. La influencia de Mussolini en el 34, el bambino que en Roma le daba el salvoconducto a Turquía para dejarnos sin billete para Suiza 54, el empate con los helvéticos en Chamartín que nos impedía asistir a la irrupción de Pelé en Suecia, la maldita ciática que nos dejó sin Di Stéfano en Chile, la decepción de Inglaterra a pesar de Supersanchís y su gol furioso, el gol de Katalinski a Iríbar que nos apeaba de Alemania 74, el no gol de Cardeñosa en Mar del Plata, la frustración que para todos nos supuso nuestro Mundial, el penalti errado por Eloy Olalla ante Jean Marie Pfaff en el mediodía tórrido de Puebla, la doble faena de Stojkovic en Verona, el fallo de Julio Salinas ante Pagliuca en Boston, la pifia de Zubizarreta en Nantes, el atraco de Al Ghandour en Corea o el fiasco de Hannover con Francia volvían a aparecerse ante nuestros ojos llenos de incredulidad. Nunca jamás un equipo que perdió en el arranque ganó el Mundial. Lo de ese 16 de junio dejó tocado a todo un país que pensaba revalidar lo conseguido dos años antes en el Prater vienés.
El entorchado continental pensábamos que podía multiplicarse hasta hacerlo universal en este Mundial de vuvuzelas y mercurios a veces bajo cero, pero habíamos caído en el primer envite y eso marcó y mucho a nuestro equipo. Pero este equipo está hecho de una pasta especial y ese ejemplo de serenidad que es Vicente del Bosque iba a ser fundamental para que el grupo no cayese en la depresión. De Durban hay que ir a Johannesburgo para intentar arreglar aquello. Espera Honduras el día 21 de junio, primer día del verano, y en la capital sudafricana hace un frío que te hiela la sangre. Y así, con la sangre a punto de congelación, escuchamos el himno como inmersos en una especie de viaje sin retorno a lo más hondo de la psique. Dos goles de Villa permiten que España se venga arriba, pero hay que ganar luego a un buen equipo dirigido por un gran estratega, la Chile del argentino Marcelo Bielsa. Se juega en Pretoria y marcan Villa e Iniesta para un 2-1 que nos pone en octavos de final. Ya estamos acercándonos al muro que siempre nos alejó del éxito, que cuando pasábamos de ahí nos estrellábamos en el siguiente. Espera Portugal en la bellísima Ciudad del Cabo, la Portugal de Cristiano Ronaldo, otro demonio demasiado familiar en el camino, o, quizá, un familiar demasiado demoníaco. Pero Cristiano no apareció y sí Fernando Llorente para que el panorama cambiase y Villa nos mandase a cuartos a la hora de juego. Las neuronas se disparan al conjuro de esos cuartos de final que tantas veces nos bajó la caña y nos vamos a Johannesburgo para enfrentarnos a Paraguay, un equipo compacto y que puede ser el antídoto ideal para el tiquitaca. Efectivamente, el choque con Paraguay será considerado a la postre como el escollo más complicado que España se encontró en Sudáfrica. Aquel 3 de junio en el Ellis Park corrieron grave riesgo los cardiacos y también los que conservan el corazón en perfecto estado de revista. Partido trabado, muy táctico y que nos encoge los adentros cuando el guatemalteco Carlos Batres se va al punto de penalti por un agarrón de Piqué. Se dispone a lanzar Cardozo, el especialista del equipo, un zurdo al que tenía estudiado Pepe Reina, que le pasa el mensaje a Iker Casillas para que éste detenga el penalti en el primer milagro del madridista en este Mundial. Luego Xabi Alonso desperdiciaba otra pena máxima para que, a siete minutos del final, Villa lograse, mediante carambola inquietante, el gol que nos daba el pasaporte a semifinales. Semifinales, la cota jamás alcanzada por España en un Mundial y, además, en el españolísimo 7 de julio, San Fermín en todos los almanaques.
Otra vez a Durban, lugar que trae el nefasto recuerdo del tropiezo con Suiza, y espera Alemania, todo un campeón del mundo. Y eso añade malas vibraciones, ya que jamás España había derrotado a un campeón del mundo en un Mundial. La buena noticia es que Alemania no dispone de Müller, el joven talento del Bayern, que había visto tarjeta ante Argentina. Quizá fuese este partido el más brillante de España y el marcador no refleja lo que pasó. Sólo un gol, de Puyol en el minuto 73 y con la singularidad de que fue un gol de furia como guinda magnífica en el pastel del tiquitaca. Ya éramos finalistas y la última batalla iba a ser el 11 de julio en el Soccer City de Johannesburgo.
Lo que pasó ese día con una Holanda que apeló al otro fútbol para acallar a la orquesta española está muy vivo en la retina, la patada de karateca de De Jong a Xabi Alonso, las tarascadas de Van Bommel, las paradas de Iker a Robben... y el gol de Iniesta a cuatro minutos del final de una prórroga de infarto. Un gol que sucedía en el libro de oro al que Zarra le hizo al alimón con Matías Prats a Williams en Maracaná, al de Marcelino a Yashine y al de Torres a Lehman. Un gol que convirtió a España en un manicomio lleno de banderas rojigualdas al conjuro del fútbol, de un fútbol de ensueño hecho realidad gracias a un equipo que llenó de ilusión y gozo a un país muy necesitado, demasiado, de ambas cosas.


