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Todos somos de Bolt
Atletismo
Todos somos de Bolt
Cuando sale a correr no compite con gente de carne y hueso; representa a nuestra especie y lucha contra el tiempo, sólo contra él
Juan Antonio SolísEstas líneas se publicarán en las páginas de deportes, pero hablamos de mucho más que un deportista. Hablamos de alguien que desafía los límites del ser humano. Y eso es algo mucho más serio que esta carísima broma que es el deporte. Por eso, cuando sale a correr, Usain Bolt no compite con gente de carne y hueso, él representa a nuestra especie y lucha contra el tiempo, sólo contra él. Y por eso recibe el aliento de todos, incluso de los que suelen ignorar esa bellísima práctica que es el atletismo.
El pasado 16 de agosto, cuando Bolt saltó a la pista berlinesa dispuesto a honrar la memoria de Jesse Owens 74 años después de aquellos Juegos, el caribeño no corrió contra Gay. Y más que representar a una isla caribeña, representó a la Humanidad. Y cuando el prodigio jamaicano paró el cronómetro en 9,58 segundos, las exclamaciones de asombro, de iniciados y no iniciados, resonaron en todo el planeta.
En agosto de 2008, Bolt había parado el cronómetro en 9,69 para ser campeón olímpico. Fue el primero en bajar la barrera de los 9,70 y como celebró su oro veinte metros antes de la línea de meta, los analistas se apresuraron a conjeturar qué marca hubiera sido capaz de hacer con una tensión extrema en los 100 metros, de cabo a rabo. La respuesta, eso sí aproximada, llegó un año después sobre la pista azul del imponente Olímpico de Berlín: el límite del hombre ya está por debajo de los 9,60.
Jim Hines fue el primero en bajar de los 10 segundos en México 68. Pasaron 21 años hasta que Carl Lewis rebajó el listón de los 9,90 (9,86 en Tokio 91). Luego, transcurrieron nueve años hasta que Maurice Green salvó la barrera de los 9,80 (9,79 en la reunión de Atenas, junio de 1999). Y Bolt ha bajado en un añito de 9,70, primero, y de 9,60 luego.
Otro apunte que realza la conquista del histriónico arquero: cuando uno ve la carrera berlinesa por segunda vez y repara en los competidores, descubre una carrera perfecta, la de Tyson Gay. El norteamericano sale como un balín, es un alarde de técnica y cadencia de zancada, no baja su intensidad hasta la meta. Corre como quizá no corra jamás. Pero no tiene nada que hacer ante Bolt, porque Bolt no parece de este mundo. Gay corrió más rápido que cualquier otro ser humano en ese trayecto, sus 9,71 le hubieran dado la gloria en cualquier hectómetro de cualquier competición. Pero ha tenido la mala fortuna de toparse con Bolt.
Esa noche, la pregunta salió de los tacos como una centella y nadie le da alcance: ¿dónde está el techo de este milagro de la naturaleza? Los técnicos no se atreven ya a vaticinarlo, y sólo aciertan a descubrir un defecto que, si el jamaicano pule, puede propiciar plusmarcas aún más estratosféricas: a causa de su 1,96 de estatura, el trayecto entre la salida de tacos y la incorporación hasta la postura vertical es más dificultosa para él que para la gran mayoría de los velocistas, que suelen superar el 1,80 pero rara vez sobrepasan el 1,90. Bolt lo hace muy rápido, claro que sí, pero aún lo puede hacer mejor. Si se incorpora un poco más rápido, antes podrá desplegar su prodigiosa zancada a revientacalderas (en Berlín, dio 41).
Cuatro días después de batir su récord mundial de los 100 metros, Bolt se batió a sí mismo en el doble hectómetro, y rebajó en 11 centésimas también la marca que hizo en Pekín, de 19,30 a 19,19. En esta especialidad, más propicia para él porque su corpachón y su zancada marcan aún más diferencias, puede llegar el día en que se acerque a los 19 segundos pelados. Cuando lo haga, el género humano se arremolinará en torno a la televisión y lo celebrará como un logro suyo. Todos somos de Bolt, ¿no?
El pasado 16 de agosto, cuando Bolt saltó a la pista berlinesa dispuesto a honrar la memoria de Jesse Owens 74 años después de aquellos Juegos, el caribeño no corrió contra Gay. Y más que representar a una isla caribeña, representó a la Humanidad. Y cuando el prodigio jamaicano paró el cronómetro en 9,58 segundos, las exclamaciones de asombro, de iniciados y no iniciados, resonaron en todo el planeta.
En agosto de 2008, Bolt había parado el cronómetro en 9,69 para ser campeón olímpico. Fue el primero en bajar la barrera de los 9,70 y como celebró su oro veinte metros antes de la línea de meta, los analistas se apresuraron a conjeturar qué marca hubiera sido capaz de hacer con una tensión extrema en los 100 metros, de cabo a rabo. La respuesta, eso sí aproximada, llegó un año después sobre la pista azul del imponente Olímpico de Berlín: el límite del hombre ya está por debajo de los 9,60.
Jim Hines fue el primero en bajar de los 10 segundos en México 68. Pasaron 21 años hasta que Carl Lewis rebajó el listón de los 9,90 (9,86 en Tokio 91). Luego, transcurrieron nueve años hasta que Maurice Green salvó la barrera de los 9,80 (9,79 en la reunión de Atenas, junio de 1999). Y Bolt ha bajado en un añito de 9,70, primero, y de 9,60 luego.
Otro apunte que realza la conquista del histriónico arquero: cuando uno ve la carrera berlinesa por segunda vez y repara en los competidores, descubre una carrera perfecta, la de Tyson Gay. El norteamericano sale como un balín, es un alarde de técnica y cadencia de zancada, no baja su intensidad hasta la meta. Corre como quizá no corra jamás. Pero no tiene nada que hacer ante Bolt, porque Bolt no parece de este mundo. Gay corrió más rápido que cualquier otro ser humano en ese trayecto, sus 9,71 le hubieran dado la gloria en cualquier hectómetro de cualquier competición. Pero ha tenido la mala fortuna de toparse con Bolt.
Esa noche, la pregunta salió de los tacos como una centella y nadie le da alcance: ¿dónde está el techo de este milagro de la naturaleza? Los técnicos no se atreven ya a vaticinarlo, y sólo aciertan a descubrir un defecto que, si el jamaicano pule, puede propiciar plusmarcas aún más estratosféricas: a causa de su 1,96 de estatura, el trayecto entre la salida de tacos y la incorporación hasta la postura vertical es más dificultosa para él que para la gran mayoría de los velocistas, que suelen superar el 1,80 pero rara vez sobrepasan el 1,90. Bolt lo hace muy rápido, claro que sí, pero aún lo puede hacer mejor. Si se incorpora un poco más rápido, antes podrá desplegar su prodigiosa zancada a revientacalderas (en Berlín, dio 41).
Cuatro días después de batir su récord mundial de los 100 metros, Bolt se batió a sí mismo en el doble hectómetro, y rebajó en 11 centésimas también la marca que hizo en Pekín, de 19,30 a 19,19. En esta especialidad, más propicia para él porque su corpachón y su zancada marcan aún más diferencias, puede llegar el día en que se acerque a los 19 segundos pelados. Cuando lo haga, el género humano se arremolinará en torno a la televisión y lo celebrará como un logro suyo. Todos somos de Bolt, ¿no?


