- Anuario Joly Andalucia 2011
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Hablemos de esgrima
Afición deportiva
Hablemos de esgrima
Eso de ir con la moto a ver una carrera de motos es como si fuéramos con un balón a ver un partido de fútbol o con una raqueta a ver uno de tenis
Periodista
El otro día vi en una librería un libro de Chesterton titulado Por qué soy católico. Ojeé el índice y aparecía un capítulo titulado algo así como Catolicismo y tenis. Tengo curiosidad por conocer la relación, pero ese día andaba mal de tiempo. Cerré el libro, me despedí del librero y me fui. En realidad, el deporte es la verdadera religión del siglo XX, de sus postrimerías, y de los albores del siglo XXI. Verbos como salvar y condenar tienen aquí su evacuación más razonable, en una permuta de vocablos. Están los oficiantes, el recinto para su práctica, totalmente sagrado: está peor visto invadir un campo de fútbol que un altar en plena celebración de la santa misa. Hablando del fútbol, la eucaristía es compleja: no puede haber más de un balón; sólo pueden salir 23 actores (los dos equipos más el árbitro: ese número puede descender por expulsiones o lesiones con los cambios agotados, pero nunca aumentar); no debe permanecer ningún jugador en el campo si está sangrando.
La televisión ha modificado y condicionado la visión del fútbol, su cotidianeidad. Ya es normal en muchos bares ver junto a las tapas del día y las medias raciones, las ofertas del desayuno y los precios del menú, los partidos que se retransmiten esa jornada. Hubo un tiempo en que los bares le declararon la guerra al Gobierno porque se consideraban perjudicados por el fútbol televisado. ¡Vaya si los han resarcido! Al Mundial de 2002, el que se disputó en Japón y, ay, Corea, la que nos mandó a casa, lo bauticé el Mundial de los bares. Fue el primer Mundial de pago, codificado, todos los equipos con rayas si uno no tenía codificador. Bien pensado, es mucho más rentable una televisión de pago para separar a los espectadores de los deportistas: antes se optaba por construir pistas de atletismo que propiciasen el distanciamiento brechtiano. El españolito ve gratis el fútbol inglés, por ejemplo, y tiene que pagar para ver a los equipos españoles.
Hay deportes que sólo los veo cada cuatro años, el tiempo que transcurre entre los Juegos Olímpicos. Me encanta el voleibol olímpico o el waterpolo, actividades que en otras épocas del cuatrienio en mi caso se convierten en inéditas, extraparlamentarias. Igual que jamás escribí una novela y sin embargo he presentado unas cuantas, en una ocasión, pese a que nunca he jugado ni un minuto al balonmano, el hand-ball de un hermoso poema de Nicolás Guillén, me encargaron el pregón de un torneo sobre dicho deporte que se disputaba en Moguer, donde por lo visto siempre hubo mucha afición. En la pieza hice un juego bastante chusco entre Juan Ramón y Perramón, legendario portero de la selección española de balonmano. Es el deporte-rey de Ciudad Real, mi patria chica, donde tenemos un equipo al que entrena Dushevaiev, nacionalizado español y procedente creo que de Kazajistán, donde se forjó jugando partidos de solteros contra kazajos. El balonmano culipardo (gentilicio de los de Ciudad Real) en la élite y el fútbol en las mazmorras: el Manchego, equipo de la ciudad, descendió federativamente a la Regional Preferente, donde nadie te da la preferencia.
Es la época del paddle, que se comió por completo al squash. Será porque era el deporte al que estaba jugando el Rey de España (lo cuenta Javier Cercas en Anatomía de un instante) cuando le avisaron a Su Majestad de que unos doscientos guardias civiles habían entrado en el Congreso de los Diputados. En un relato para una antología de textos eróticos, he comparado el tenis con el erotismo y el paddle con la pornografía, pero no viene al caso ahora repetir la tesis. Se podría enfadar Chesterton y volverse ateo. Es curiosa la afición que en determinados lugares entra por deportes muy concretos. En Alcalá la Real, un pueblo de la provincia de Jaén donde nació Martínez Montañés, el deporte nacional es el hockey sobre hierba, circunstancia que aprovechan equipos de India o Pakistán, que son verdaderas potencias (normal que la chiquilla de la película dijera que quería ser como Beckham) para hacer en ese municipio su pretemporada. San José de la Rinconada, el pueblo de donde todas las mañanas vienen mis fruteros a la calle Feria, está entregado al badminton, donde es una especie de Barça de Guardiola. Leí recientemente una crónica de dicho equipo, que había vapuleado a un adversario malagueño llamado Jorge Guillén. En Benamejí, pueblo cordobés que sale en algún poema de Lorca y al que fui hace años a cubrir una corrida de toros femenina, un grupo de cubanos introdujeron una afición bárbara al béisbol.
Nunca entendí la afición al motociclismo. Que me perdonen los moteros, a quienes respeto mucho desde que el último verano se fotografiaron con sus motos, chupas y tatuajes con mi chiquitín en el barco que cruzaba el Guadiana de Ayamonte a Vila-Real, pero eso de ir con la moto a ver una carrera de motos es como si fuéramos con un balón a ver un partido de fútbol o con una raqueta a presenciar uno de tenis entre Venus y Serena. Es más, una de mis mayores excentricidades, por lo ajeno que me resulta ese mundo, es haber sido cronista de carreras de caballos. Y nadie iba al hipódromo a caballo. Ni los hermanos Marx.
El público deportivo es afín y crítico a la vez. Quiere ganar y después disfrutar. Lo que menos le interesa es participar. El público del deporte, en ese sentido, es el menos deportivo: no acepta de buen grado el triunfo del contrario si ha hecho méritos; y el menos deportista: no hay emulación o mímesis en el espectador. Delega toda su energía en el protagonista. En una celebración acotada en el tiempo, en el espacio y en el marcador. Las tres dimensiones del deporte. No es raro que al que no tiene ni idea de algo en otros ámbitos se le llame aficionado. Paga por ver a Dios y al diablo, que a veces juegan en el mismo equipo. A veces, con la misma camiseta.
Otro día hablaremos de la esgrima.


