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Dos orquestas y una batuta
Fútbol
Dos orquestas y una batuta
Aquí se ha pasado de la furia al toque, de poner los redaños sobre la mesa a la forma más exquisita de conseguir el triunfo
Luis Carlos PerisPeriodista
El fútbol tiene, como casi todo en la vida, unos comportamientos recurrentemente cíclicos y derrama sus favores de forma caprichosa pero con el común denominador de que no hay nada nuevo bajo el sol. España es hogaño la agraciada con el fútbol mejor que se prodiga en el orbe y si su selección está considerada como la mejor y hasta partiendo como favorita para el Mundial de Sudáfrica, el Barcelona es, sin ningún género de dudas, el primero de todos en el apartado de clubes.
Aquí se ha pasado tras una larguísima travesía de casi un siglo de la furia al toque, de basar el éxito en poner los redaños sobre la mesa a la más exquisita forma de conseguir el propósito único, el del triunfo. De siempre, el fin justificó los medios y cuando la cosa acaba en victoria importan muy poco los caminos elegidos para llegar a esa meta. Quiere decirse que cualquier triunfo es suficiente tapadera para disimular las carencias, pero no cabe duda de que conseguir como el Barcelona seis títulos en un año o de qué manera España se hizo con la Eurocopa reconforta mucho más que lograrlo de cualquier manera.
Puede decirse que el futbolista que acapara toda esta filosofía es Xavi Hernández, un catalán de Tarrasa que en este pasado enero cumplió la treintena y que no se caracteriza por una envergadura considerable. Aunque el fútbol es un juego de equipo, el manijero que llevó al éxito a España y al Barça fue él. Contando con la colaboración de Iniesta o Puyol en ambos frentes y de Daniel Alves o Messi bajo pabellón blaugrana, el egarense puede ser considerado como la piedra angular de ese hermoso edificio que el fútbol ha levantado en suelo español.
Pero no hay nada nuevo bajo el sol y antes que Xavi fueron Zidane o Maradona y mucho antes Cruyff, Beckenbauer, Charlton, Eusebio, Pelé, Puskas o Di Stéfano. Son los nombres del prototipo de futbolista capaz de echarse un equipo en los hombros para llevarlo al éxito como, en la actualidad, Xavi porta al Barça y a España. Puede afirmarse sin ningún tipo de dudas que en todas las épocas hubo un equipo que ostentó la supremacía universal y si unos lo basaban en la fuerza física, otros en el orden y algunos en la imaginación, lo cierto es que, como ahora el Barça y España, todos contaban con la capacidad técnica como artículo indispensable con sitio en la valija hacia el éxito.
Cae muy lejos aquella Hungría de Puskas que protagonizó la primera gran revolución y que no fue otra que el triunfo magyar en Wembley ante una Inglaterra que se daría cuenta aquella tarde de lo poco que quedaba de cuanto inventó. Eso ocurría en la primera mitad de los cincuenta y la sucesión en el trono iba a recaer en el Real Madrid, un equipo con pasado y sin presente al que Alfredo di Stéfano volvería como si fuese un calcetín. Cinco copas de Europa obligaron a ampliar un macroestudio en la mayor constatación de lo que un solo futbolista puede conseguir en un equipo; mejor aún, en un club.
A aquel Madrid lo relevaría de forma coyuntural el Benfica de Eusebio y cuando ya era tótem universal Edson Arantes do Nascimento, el negrito milagrero de Minas Gerais que sacó a Brasil de la depresión sufrida en Maracaná ocho años antes con aquel gol de Chiggia que hasta desencadenó una marea de suicidios. Pelé surgió en Suecia 58, pero su disertación más brillante fue en México 70, cuando remató algo que nadie ha logrado aún, agarrar tres mundiales por sus asas. Si Bobby Charlton fue capaz de polarizar la atención mundial desde el United y con Inglaterra, Franz Beckenbauer desempeñaría idéntico rol en el Bayern y con Alemania cuando un espléndido Johan Cruyff emergía para conseguir que la, hasta entonces, feble selección holandesa creciese y creciese tanto que alcanzaría notoriedad como Naranja Mecánica.
Tras Cruyff surgió Maradona y tras éste apareció deslumbrante Zidane, pero son éstas historias demasiado recientes como para caer en lo redundante y restarle espacio a lo que en estos momentos significa el fútbol de España, sobre todo el que sale por las botas de unos españolitos menudos y sin nada que ver con aquellos rústicos raciales que pedían el pelotón para, con él, arrollar a los rivales. De la furia al tiquitaca, de los redaños al toque y el buen gusto con la pelota, del pelotazo al cortita y al pie como maniobra de distracción a la espera del pase interior para la definición que derive en triunfo, el gol.
El Fútbol Club Barcelona y la selección española como orquestas perfectamente sincronizadas que bien podrían demandar vestimenta de etiqueta para asistir al espectáculo que propician un día sí y otro también. Coinciden muchos nombres en ambas sinfónicas donde tan maravillosamente se aúnan viento, cuerda y percusión. Y en el corazón de todos estos genios, una batuta de lujo que maneja Xavi Hernández, ese catalán bajito que será noticia de primera plana el día que le dé el balón a un contrario.
Ya hubo una vez hace casi sesenta años que un futbolista llevó al Barça a ganar todo lo que jugó en aquel curso. Fue el Barça de las ‘cinco copas’, el autor de casi todo aquello se llamaba Ladislao Kubala y pasó a la historia para ser cantado como uno de esos héroes importados que no nacieron en el terreno defendido. Ahora, el Barça ha superado aquella conquista tras hacerse con todo lo que disputó. Es el Barça más catalán que se recuerda y, por ende, también el más español, de ahí que haya nacido esa fantástica dualidad que tan maravillosamente dirige Xavi, el Barça y España, España y el Barça, tanto monta, monta tanto…


