El oasis en la crisis

El 2008 se ha convertido en un año inolvidable para el deporte español, con éxitos como la conquista de la Eurocopa de fútbol.

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El seleccionador nacional, Luis Aragonés, manteado por los jugadores después de vencer en la final de la Eurocopa de fútbol. / Acero (EFE).

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FRANCISCO JOSÉ ORTEGA
Redactor jefe
de la Sección de Deportes



Dentro de un año con tanta mohína como fue 2008, con la palabra crisis martilleando a casi todos los españoles, el deporte, como en otras épocas, se convirtió en un verdadero oasis de felicidad en muchos momentos puntuales. Sobre todo el 29 de junio, cuando Fernando Torres le picaba un balón por encima al alemán Lehmann para que España volviera a sentirse campeona en lo que realmente llega a un mayor número de aficionados en todo el país, en el fútbol. Aquel día se desató el júbilo incluso en los lugares más separatistas, había motivos para la celebración después de 44 años de penurias.

Fue la guinda para un curso en el que Rafael Nadal no sólo ganó, como siempre, en Roland Garros sino que también se impuso a Federer en una final épica en Wimbledon e incluso se permitió el lujazo de acabar como número uno de un tenis mundial que también coronaba a España con la Copa Davis, o de un año en el que los podios de las tres grandes rondas del ciclismo universal acogían en su escalón más alto a un español. Por orden cronológico, Alberto Contador (Giro), Carlos Sastre (Tour) y de nuevo Alberto Contador (Vuelta). Y, para colmo, en la prueba en ruta de los Juegos Olímpicos, vencía el asturiano Samuel Sánchez para corroborar un dominio absoluto en este deporte tan seguido a pesar de los escándalos de dopaje. Pero en esos Juegos también hubo otros momentos mágicos, particularmente la medalla de plata del equipo masculino de baloncesto después de zarandear en la final a la versión más cercana al Dream Team estadounidense con Kobe Bryant, LeBron James y un sinfín de estrellas de la NBA más.

Está claro, pues, que el deporte español estuvo muy por encima de la situación actual del país y por ahí sí hay un motivo para enorgullecerse con los logros de nuestros compatriotas. En ello, lógicamente, tiene mucho que ver el tirón popular del fútbol, sin duda el rey para todos los que gustan de disfrutar o sufrir con un combinado nacional. Tuvieron que pasar 44 años, nada más y nada menos que 44 años, desde 1964 para que los españoles volvieran a hinchar el pecho con los logros de los suyos con un balón en los pies. Aconteció en la Eurocopa que se disputó en diferentes ciudades de Austria y Suiza, aunque los hombres de Luis Aragonés no llegaron a pisar siquiera el suelo helvético. Y allí se plantó España, como siempre, cargada de dudas a los ojos de sus seguidores, acostumbrados ya al fracaso inesperado en los cuartos de final.

Pero esta vez no fue así, el discutidísimo Luis Aragonés, sabio donde los haya, supo programar el trabajo para que el combinado fuera de menos a más, para que pareciera más endeble antes del pistoletazo de salida y comenzara a asombrar desde la misma goleada a Rusia (4-1) en el primero de sus partidos. Después llegaría la remontada ante Suecia (2-1) y el triunfo en el trámite frente a Grecia (2-1) con la selección ya clasificada para cuartos. La trayectoria era inmaculada, pero llegaba el momento en el que todos los aficionados tradicionalmente desconfiaban y con razón por los precedentes. Italia, aparentemente peor, aguardaba como si se tratara del gigante Gulliver en ese cruce trascendental. Cero a cero en el tiempo reglamentario, cero a cero en la prórroga y lanzamientos desde el punto de penalti para que Casillas se convirtiera en el gran héroe nacional y el jovencísimo Cesc se encargara de provocar un sentido grito de alegría en todo el país.

Lo más difícil ya estaba hecho y la "Roja", que se hizo el equipo de todos, comenzaba a enamorar. En semifinales, el 26 de junio, aguardaba Rusia, que había pasado por encima del entonces gran favorito, Holanda. Pero los Xavi y compañía se exhibieron de tal manera que barrieron otra vez al conjunto de Hiddink con un brillantísimo 3-0. España ya acumulaba elogios para su juego desde todos los rincones del mundo, pues la pelota se convertía en el objeto de más valor para un fútbol moderno y brillante. En la final, sin embargo, iba a faltar el máximo goleador, Villa, que no pudo jugar por una lesión muscular. Pero dio igual, Fernando Torres se encargó de materializar la tremenda superioridad de España sobre Alemania. Luis Aragonés, viejo él, sonrió con placer y España entera se sintió tan orgullosa de ese grupo de futbolistas. Hasta el punto de que más de un millón de personas los esperaron en Madrid para vivir una fiesta que perdurará siempre en la memoria… de no ser que en Suráfrica el éxito sea aún mayor.

Menos público asistiría a la llegada de Rafael Nadal a Palma de Mallorca después de su triunfo en Roland Garros, esperado ya por la tremenda superioridad que demuestra en la arcilla de París. Sin embargo, el joven manacorí sí le puso los vellos de punta a todos los aficionados algunas semanas después. Por primera vez, la hierba de Wimbledon lo vio reinar en una final emocionantísima en la que se impuso a Roger Federer por 6-4, 6-4, 6-7, 6-7 y 9-7. Era el 6 de julio y pocas veces se habrá visto un partido tan intenso a pesar de las numerosas interrupciones que sufrió.

Pero el tenis no se quedó sólo en eso. En la Copa Davis, otro de los acontecimientos universales del año, España se clasificó para jugar la final al derrotar a Estados Unidos con un espectacular Nadal. Sin embargo, el manacorí causó baja para el momento decisivo por una lesión y los españoles tuvieron que acudir a Argentina con el sello indiscutible de víctimas. Pero del 21 al 23 de noviembre, Mar del Plata vivió un auténtico terremoto por culpa del gran tenis de Feliciano López y Fernando Verdasco, particularmente, ya que David Ferrer perdió su único partido contra David Nalbandian. España conquistó su tercera Ensaladera de la historia con un rotundo triunfo por 3-1.

Son los tres momentos culminantes de un año que también sirvió para demostrar que los "chicos de oro" del baloncesto español están a un solo paso de las estrellas de la NBA. Pau Gasol, por ejemplo, ya disfrutó de una final del torneo profesional estadounidense tras cambiar a Memphis Grizzlies por los prestigiosos Lakers de Los Ángeles. Perdió frente a los Boston Celtics, pero tendrá más oportunidades en el futuro. Aunque el momento más emotivo para los españoles no fue ése sino la gran final de los Juegos Olímpicos de Pekín, donde España mantuvo el pulso hasta el final para caer por 107-118. Kobe Bryant suspiró de alivio porque España consiguió una plata de oro, ya que fue mejor durante la final y de no ser por ciertas ayudas arbitrales, reconocidas posteriormente por los propios jueces, tal vez se hubiera colgado el metal más preciado en el cuello. Sin embargo, el recuerdo de esa final sabrá siempre a triunfo.

Tantas emociones fuertes convierten en platos menores otros éxitos como los conseguidos por los ciclistas, particularmente un Alberto Contador que apunta a uno de los grandes de la historia de ese deporte. No lo dejaron participar en el Tour por problemas del pasado con su equipo, el Astana, pero se entretuvo en ganar el Giro de Italia, sin prepararlo siquiera, y la Vuelta a España, lo que sumado al Tour del anterior año supone un logro al alcance sólo de los más privilegiados, léase Eddy Merckx, Jacques Anquetil, Bernard Hinault y Felice Gimondi. Ni siquiera Miguel Induráin y Lance Armstrong lo consiguieron. Además, otro español, en este caso Carlos Sastre, también ganó el Tour de Francia en un año mágico que se redondeó con la medalla de oro de Samuel Sánchez en los Juegos Olímpicos.

Con los clubes esta vez en un plano más secundario si se exceptúa al Ciudad Real, campeón de Europa de balonmano, son los momentos más laureados de un año que fue especial para el deporte español, un verdadero oasis dentro del desierto más árido que se conozca por la situación económica.
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