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El espejismo de Wikileaks
El espejismo de Wikileaks
La reacción de Estado Unidos ante Wikileaks nos alerta sobre la delgada línea que separa el derecho a la informaciòn y el delito
Catedrático de Periodismo en la Universidad de Málaga
La filtración de 250.000 documentos clasificados de la diplomacia norteamericana, hecha por la organización Wikileaks, ha suscitado diversas interpretaciones acerca de su alcance. Desde el rechazo y la condena, que sitúa a los responsables de la filtración fuera de la ley, a quienes destacan las virtudes democráticas de la transparencia informativa.
En el ámbito del periodismo, aunque las filtraciones de noviembre de 2010 se canalizaron a través de cinco grandes periódicos, el conjunto de los medios se hizo eco de las revelaciones, sin que se advirtiera condena a Wikileaks. En todo caso, las críticas, cuando las hubo, se refirieron a la escasa novedad de lo publicado o a los filtros que los receptores del material hacían de una documentación muy amplia. No trascendía, y parecía lógico, información que pudiera poner en peligro la vida de las personas, pero tampoco una sola referencia a los medios y al papel de las grandes corporaciones mediáticas en procesos de inteligencia, relaciones internacionales, juegos de poder... Ante la opinión pública, Wikileaks aparece asociado a la transparencia, que en democracia supone control sobre las instituciones del Estado, y está directamente asociada al derecho a la información.
Por ello, aunque pudiese cuestionarse el método de acceso a la documentación filtrada, ha quedado patente que, en el desarrollo de las relaciones internacionales, abundan las prácticas refractarias a la transparencia que supone una burla al conjunto del planeta. Incluso, la filtración masiva ha servido para imaginar otros arsenales de material sensible, que afectaría directamente al futuro de individuos y sociedades. Se estarían subvirtiendo la lógica de las soberanías locales mediante mecanismos de control basados en la acumulación de información. Como, por ejemplo, la referida a los especuladores financieros, a las estrategias de ataque sobre economías y monedas, o a los manejos poco confesables que, desde los aparatos públicos de gobierno, dan cobertura a intereses privados. Con un excesivo optimismo se ha dicho que la publicación en los grandes diarios de los documentos liberados por Wikileaks representa el comienzo de una nueva era del periodismo. Seguramente ha habido en ello más necesidad de una prensa ávida por encontrar argumentos para la esperanza que alcance real de un suceso.
Muchos comentaristas se han dejado seducir por el espejismo de contra-poder que supuso la difusión de los papeles de la diplomacia americana, precisamente porque los periódicos habían perdido esa capacidad interventora y, con ella, buena parte de su principal fortaleza: la credibilidad. El periodismo no consiste en la simple descripción de sucesos, sino en la investigación aplicada a las fuentes del poder. La libertad de prensa nació para poner luz y taquígrafos a los abusos de quienes gobiernan, a las entrañas donde pudiera fraguarse la subversión de la soberanía, a los abismos donde no siempre llega la Justicia. La reacción de Estados Unidos ante Wikileaks nos alerta sobre la delgada línea que separa la información como derecho de la información como delito, que siempre ha sido trazada por el poder. Con trazos rojos y gruesos cuando ha necesitado sobrevivir con desinformación y opacidad. Es la lógica de la censura, del nihil obstat, a veces presentado mediante el sucedáneo de la abundancia de la información controlada, y otras con el control de una información escasa. No parece justo lavar de un plumazo al periodismo servil y oportunista con las aguas que se filtran desde Wikileaks, porque el suceso que en noviembre se presentó como el inicio de una nueva era de la prensa, apenas aguarda ya el capítulo de sucesos que conciernen al futuro de Julian Assange, su creador. ¿Podrán los grandes diarios del mundo, o los pequeños a su escala, mantener una apuesta cotidiana de investigación y denuncia a la altura de las circunstancias? En este caso, como en otros acaecidos a lo largo del 2010, se ha puesto de relieve que, en un tiempo de incertidumbre y crisis, sucesos de relativa importancia son magnificados hasta ser presentados como “hechos históricos”. En octubre, se ponía fin al entierro de 33 trabajadores en la mina San José, en Chile.
Mil quinientos periodistas transmitieron al mundo la buena nueva, y alguien habló también de un nuevo periodismo, que no era más que otra vuelta de tuerca, en este caso hacia el espectáculo, de formas en crisis de construir la realidad. Ningún periódico recordó que dos semanas antes del accidente minero de Chile, en la mina San Fernando, en Antioquía, se produjo la mayor catástrofe de la minería colombiana, con 74 trabajadores muertos. Es más probable que Wikileaks adquiera el relieve de “hecho histórico” que la larga serpiente de verano chilena. San José fue el paradigma del periodismo de sensaciones. Wikileaks está más cerca del periodismo de investigación, que pasa pos sus horas más bajas. Wikileaks, en todo caso, descubre otros muchos matices que no siempre están directamente relacionadas con el éxito del periodismo, aunque sí pudieran descubrir algunas de las razones de su crisis.


