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La ficción televisiva, octavo arte en medio del vertedero
La ficción televisiva, octavo arte en medio del vertedero
La creatividad televisiva vive una edad de oro en la que ha llegado a arrebatar el trono de la ficción a su hermano mayor, el cine
Javier Gómez
Habría sido capaz de filmar El discurso del Rey -la película del año- el joven director Tom Hooper, si antes no hubiera grabado esa maravilla que fue la miniserie histórica John Adams? ¿Es casualidad que el maestro de los diálogos de Hollywood, Aaron Sorkin, guionista de La red social -la otra película del año-, fuera el creador de El Ala oeste, otra serie de lujo sobre un presidente? ¿Por qué Scorsese y Michael Mann se han embarcado con la HBO en proyectos como Boardwalk Empire y Luck, uno con Steve Buscemi y Michael Pitt, el otro con Dustin Hoffman y Nick Nolte, de la mano de guionistas televisivos consagrados? ¿Cómo es posible que el escritor George R.R. Martin, el Tolkien del siglo XXI, haya decidido que sea la televisión, y no la gran pantalla, la que adapte su Canción de Hielo y Fuego?
Si hasta la última década la pequeña pantalla era la hermana pobre del celuloide, y se consideraba poco menos que una degradación indigna para un actor, director o guionista de Hollywood dedicarse a las series, coincidiendo con la venta masiva de pantallas de plasma, después de LCD y ahora LED, la emisión en alta definición y la globalización de las cadenas americanas a través de Internet (y la piratería), la creatividad televisiva vive una edad de oro en la que ha llegado a arrebatar el trono de la ficción al cine. Paradójicamente, todo esto llega mientras al mismo tiempo también se han alcanzado los niveles más bajos de ética y calidad televisiva con la propagación de realities de todo tipo como una epidemia. Como vehículo narrativo, la televisión ofrece innumerables ventajas con respecto al séptimo arte. No sólo por su formato, que permite alargar tramas -muchas veces, sí, más allá de lo deseable- de forma que los personajes y las historias alcanzan una profundidad inalcanzable para el cine. También por la libertad que las cadenas de pago, y cada vez más las generalistas, otorgan al creador. El guionista ha dejado de ser el paria de las producciones para ponerse al frente ellas. Es el caso de David Chase (Los Soprano), Alan Ball (A dos metros bajo tierra y True Blood), Vince Gilligan (Breaking Bad) o Matt Weiner (Mad Men).
Se graban historias de adultos para un público adulto, ya sea la de ese profesor de química que decide ponerse a fabricar metanfetaminas cuando le diagnostican un cáncer para dejar dinero a su familia, la de los creativos de Madison Avenue en los años 60, o las sesiones de terapia que vivimos cada capítulo de En terapia. Las tramas son a menudo inverosímiles, pero siempre entretenidas: vampiros sureños que se pelean contra hombres lobo, asesinos en serie que sólo matan a criminales que “se lo merecen”, enfermeras adictas a las pastillas, mujeres con trastorno de personalidad múltiple... No hay tema con el que no se atreva la televisión. Y las generalistas, como la CBS, empiezan a entrar en ese territorio con series como La buena esposa. La mujer cornuda de un fiscal de Chicago que decide volver a la abogacía para mantener a su familia después de que salte el escándalo. En el cine tampoco serían posibles personajes tan potentes, magnéticos y ambiguos como Don Draper, Tony Soprano, Walter White, Stringer Bell, Paul Weston, Dexter, Vic Mackey o Alicia Florrick. Malos a los que llegamos a querer, buenos que se vuelven malos. Personas de carne y hueso a las que acompañamos en sus momentos de éxito y fracaso, de debilidad y fortaleza. Las series son como la vida misma. Esta está llena de grises y así nos la muestra la televisión. Hay que disfrutar el momento mientras dure.
Habría sido capaz de filmar El discurso del Rey -la película del año- el joven director Tom Hooper, si antes no hubiera grabado esa maravilla que fue la miniserie histórica John Adams? ¿Es casualidad que el maestro de los diálogos de Hollywood, Aaron Sorkin, guionista de La red social -la otra película del año-, fuera el creador de El Ala oeste, otra serie de lujo sobre un presidente? ¿Por qué Scorsese y Michael Mann se han embarcado con la HBO en proyectos como Boardwalk Empire y Luck, uno con Steve Buscemi y Michael Pitt, el otro con Dustin Hoffman y Nick Nolte, de la mano de guionistas televisivos consagrados? ¿Cómo es posible que el escritor George R.R. Martin, el Tolkien del siglo XXI, haya decidido que sea la televisión, y no la gran pantalla, la que adapte su Canción de Hielo y Fuego?
Si hasta la última década la pequeña pantalla era la hermana pobre del celuloide, y se consideraba poco menos que una degradación indigna para un actor, director o guionista de Hollywood dedicarse a las series, coincidiendo con la venta masiva de pantallas de plasma, después de LCD y ahora LED, la emisión en alta definición y la globalización de las cadenas americanas a través de Internet (y la piratería), la creatividad televisiva vive una edad de oro en la que ha llegado a arrebatar el trono de la ficción al cine. Paradójicamente, todo esto llega mientras al mismo tiempo también se han alcanzado los niveles más bajos de ética y calidad televisiva con la propagación de realities de todo tipo como una epidemia. Como vehículo narrativo, la televisión ofrece innumerables ventajas con respecto al séptimo arte. No sólo por su formato, que permite alargar tramas -muchas veces, sí, más allá de lo deseable- de forma que los personajes y las historias alcanzan una profundidad inalcanzable para el cine. También por la libertad que las cadenas de pago, y cada vez más las generalistas, otorgan al creador. El guionista ha dejado de ser el paria de las producciones para ponerse al frente ellas. Es el caso de David Chase (Los Soprano), Alan Ball (A dos metros bajo tierra y True Blood), Vince Gilligan (Breaking Bad) o Matt Weiner (Mad Men).
Se graban historias de adultos para un público adulto, ya sea la de ese profesor de química que decide ponerse a fabricar metanfetaminas cuando le diagnostican un cáncer para dejar dinero a su familia, la de los creativos de Madison Avenue en los años 60, o las sesiones de terapia que vivimos cada capítulo de En terapia. Las tramas son a menudo inverosímiles, pero siempre entretenidas: vampiros sureños que se pelean contra hombres lobo, asesinos en serie que sólo matan a criminales que “se lo merecen”, enfermeras adictas a las pastillas, mujeres con trastorno de personalidad múltiple... No hay tema con el que no se atreva la televisión. Y las generalistas, como la CBS, empiezan a entrar en ese territorio con series como La buena esposa. La mujer cornuda de un fiscal de Chicago que decide volver a la abogacía para mantener a su familia después de que salte el escándalo. En el cine tampoco serían posibles personajes tan potentes, magnéticos y ambiguos como Don Draper, Tony Soprano, Walter White, Stringer Bell, Paul Weston, Dexter, Vic Mackey o Alicia Florrick. Malos a los que llegamos a querer, buenos que se vuelven malos. Personas de carne y hueso a las que acompañamos en sus momentos de éxito y fracaso, de debilidad y fortaleza. Las series son como la vida misma. Esta está llena de grises y así nos la muestra la televisión. Hay que disfrutar el momento mientras dure.


