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Crítica y público: dos lenguajes distintos
Crítica y público: dos lenguajes distintos
Kung Fu Panda, Madagascar 2 o Mamma Mia!, favoritas del público, eran propuestas correctas sin mayor trascendencia que el puro entretenimiento.
Braulio OrtizLa escasa enjundia de algunas producciones situadas en lo más alto del box office parecía confirmar el definitivo distanciamiento entre crítica y público. La taquilla de los últimos meses, que ha otorgado su respaldo a filmes que podrían catalogarse como prescindibles, agudiza ahora esta brecha entre especialistas y espectadores. Son pocas las cintas más taquilleras que cuentan con el beneplácito de los expertos, y, de hecho, tan sólo un título despertó la unanimidad entre ambos sectores: ocurrió con Wall-E, la joya de la animación que culmina la excelente trayectoria de Pixar.
Ni siquiera el carismático Indiana Jones, que regresaba 19 años después de su última aventura, pudo convencer a todos con su vuelta. Su retorno se aupó al primer puesto de la recaudación española en 2008, pero en la mayoría de las reseñas predominó un sentimiento de decepción ante la reaparición del personaje. El mismo desencanto generó Hancock, comedia de Will Smith que, pese a su prometedor punto de partida, contar la peripecia de un superhéroe alcohólico, acababa traicionando su espíritu políticamente incorrecto y siendo demasiado convencional. Otras favoritas del público eran propuestas correctas sin mayor trascendencia que el puro entretenimiento: así, las animadas Kung Fu Panda y Madagascar 2, y el musical Mamma Mia!, con una exultante Meryl Streep, se olvidaban poco después de su consumo. Mientras Crepúsculo, un fenómeno que cautivó a los adolescentes, no resultó valorada en exceso por la crítica, un mayor interés causó El caballero oscuro en su relectura en clave moral del personaje de Batman y por ser la última interpretación completa de Heath Ledger.
Antes que el diablo sepa que has muerto, del veterano Sidney Lumet, no partía a priori como uno de los títulos más destacados del año, pero, sin embargo, la calidad de la cinta logró que la prensa especializada cayera seducida por el filme. Un entusiasmo que, esta vez, sí compartió el público, que convirtió este drama protagonizado por Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke y Albert Finney en uno de los más duraderos de la cartelera. Los Coen recobraron el pulso con No es país para viejos, la ganadora en la última edición de los Oscar y la plataforma para consolidar a Javier Bardem en Hollywood, en un año en el que también sobresalieron los trabajos de Paul Thomas Anderson (Pozos de ambición, con un Daniel Day-Lewis en estado de gracia) y Paul Haggis, cuya descarnada visión de la guerra de Iraq en la apreciable En el valle de Elah no gustó a la sociedad americana y estuvo ausente en los premios del pasado año. Quien también demostró seguir en forma fue Clint Eastwood, responsable de la inquietante El intercambio, que ofrecía a Angelina Jolie material sobrado para el lucimiento de la actriz. En el caso de Eastwood, que tiene acostumbrado a su talento al espectador, no hubo sorpresas. El desconcierto vino con Jean Claude Van Damme, que protagonizó una inspirada comedia paródica, JCVD, en la que su capacidad para reírse de sí mismo llevaba al espectador a perdonarle todos los pecados del pasado.
La presencia del cine francés, que proporcionó algunas de las cintas más apreciables (Las horas del verano, dirigida por Olivier Assayas y protagonizada por Juliette Binoche; La cuestión humana, de Nicolas Klotz) contrasta con la nula representación de la industria española. Ni la inclasificable Camino, quizás la mejor posicionada, ni la desastrosa adaptación de Los girasoles ciegos, ni Sólo quiero caminar tuvieron una cálida recepción. Uno de los filmes más aplaudidos, Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, apenas duró una semana en cartel: otra muestra más de que, tal vez, la crítica y el público hablan actualmente lenguajes distintos.
Ni siquiera el carismático Indiana Jones, que regresaba 19 años después de su última aventura, pudo convencer a todos con su vuelta. Su retorno se aupó al primer puesto de la recaudación española en 2008, pero en la mayoría de las reseñas predominó un sentimiento de decepción ante la reaparición del personaje. El mismo desencanto generó Hancock, comedia de Will Smith que, pese a su prometedor punto de partida, contar la peripecia de un superhéroe alcohólico, acababa traicionando su espíritu políticamente incorrecto y siendo demasiado convencional. Otras favoritas del público eran propuestas correctas sin mayor trascendencia que el puro entretenimiento: así, las animadas Kung Fu Panda y Madagascar 2, y el musical Mamma Mia!, con una exultante Meryl Streep, se olvidaban poco después de su consumo. Mientras Crepúsculo, un fenómeno que cautivó a los adolescentes, no resultó valorada en exceso por la crítica, un mayor interés causó El caballero oscuro en su relectura en clave moral del personaje de Batman y por ser la última interpretación completa de Heath Ledger.
Antes que el diablo sepa que has muerto, del veterano Sidney Lumet, no partía a priori como uno de los títulos más destacados del año, pero, sin embargo, la calidad de la cinta logró que la prensa especializada cayera seducida por el filme. Un entusiasmo que, esta vez, sí compartió el público, que convirtió este drama protagonizado por Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke y Albert Finney en uno de los más duraderos de la cartelera. Los Coen recobraron el pulso con No es país para viejos, la ganadora en la última edición de los Oscar y la plataforma para consolidar a Javier Bardem en Hollywood, en un año en el que también sobresalieron los trabajos de Paul Thomas Anderson (Pozos de ambición, con un Daniel Day-Lewis en estado de gracia) y Paul Haggis, cuya descarnada visión de la guerra de Iraq en la apreciable En el valle de Elah no gustó a la sociedad americana y estuvo ausente en los premios del pasado año. Quien también demostró seguir en forma fue Clint Eastwood, responsable de la inquietante El intercambio, que ofrecía a Angelina Jolie material sobrado para el lucimiento de la actriz. En el caso de Eastwood, que tiene acostumbrado a su talento al espectador, no hubo sorpresas. El desconcierto vino con Jean Claude Van Damme, que protagonizó una inspirada comedia paródica, JCVD, en la que su capacidad para reírse de sí mismo llevaba al espectador a perdonarle todos los pecados del pasado.
La presencia del cine francés, que proporcionó algunas de las cintas más apreciables (Las horas del verano, dirigida por Olivier Assayas y protagonizada por Juliette Binoche; La cuestión humana, de Nicolas Klotz) contrasta con la nula representación de la industria española. Ni la inclasificable Camino, quizás la mejor posicionada, ni la desastrosa adaptación de Los girasoles ciegos, ni Sólo quiero caminar tuvieron una cálida recepción. Uno de los filmes más aplaudidos, Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, apenas duró una semana en cartel: otra muestra más de que, tal vez, la crítica y el público hablan actualmente lenguajes distintos.


