Año y medio de Griñán

La Junta de Andalucía es sólo uno de los eslabones más débiles del deterioro del Partido Socialista a nivel nacional

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José Antonio Griñán, aplaudido por su bancada en el Parlamento andaluz.

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José Aguilar
Director de Opinión del Grupo Joly

Cuando José Antonio Griñán llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, en abril de 2009, lo hizo con el propósito, compartido por el PSOE federal y el PSOE andaluz, de frenar el lento desgaste de un sistema político que había otorgado, y ratificado sucesivamente, la hegemonía a los socialistas durante treinta años y tres presidentes (Escuredo, Borbolla y Chaves). Año y medio después, al concluir 2010, el balance de la operación es deprimente: por vez primera el PP supera al PSOE en todas las encuestas y está convencido de que va a gobernar la comunidad autónoma dentro de un año. Lo peor es que muchos socialistas también lo están. Naturalmente, no es Griñán el único responsable de este cambio para mal. Aunque suene a tópico, la labor de demolición del dominio socialista en la región la han perpetrado dos factores conexos: la gravísima crisis económica, que ha empobrecido a la mayoría de los andaluces abortando una larga etapa de crecimiento sostenido en factores que la propia crisis ha demostrado frágiles, y la incapacidad del Gobierno Zapatero para admitirla, primero, y para combatirla después con el espíritu reformador que le ha llegado demasiado tarde y demasiado mediatizado por sus propios prejuicios ideológicos. La Junta es sólo uno de los eslabones más débiles del deterioro del PSOE nacional. Pero también Griñán ha puesto de su parte, qué duda cabe.

Fue el candidato de Chaves, aceptado por Zapatero como la solución menos mala frente a una opción (la de Mar Moreno) que hubiera fracturado al PSOE andaluz, además de ser el dirigente experimentado y solvente que estaba llamado a ordenar el tránsito del viejo aparato a las generaciones jóvenes que reclamaban paso y protagonismo y traían, en teoría, el aire nuevo preciso para renovar un proyecto gastado por el uso y el abuso. Lo tenía todo, en apariencia, para triunfar. ¿Todo? Pronto se dio cuenta, él mismo, de que no. De lo primero que se apercibió de carecer fue del control del partido. No pudo hacer el gobierno que hubiera querido, sino que formó uno que se quedó a medias entre sus deseos y la mezcla de respeto a Manuel Chaves y voluntad de continuismo que marcaron los primeros meses de su mandato. Pronto fue consciente de que varios secretarios provinciales -una figura política que en el PSOE manda mucho- no se ponían en primer tiempo de saludo ante su autoridad y que la bicefalia no sería operativa, ni siquiera por la feliz coincidencia de que la otra cabeza del poder era su amigo del alma. La política es complicidad sin amistad, dijo alguien, y en este caso la complicidad se impuso sobre la amistad. Pronto empezaron a alimentarse los celos y los malentendidos. Fue curioso lo que pasó con la bicefalia. Pepe Griñán, como quiso que se le llamase, se llevó unos cuantos meses exigiendo a la militancia y a la dirigencia que encauzase todos sus esfuerzos en trabajar contra la crisis y tachando de locura cualquier operación que cuestionara el pacto/reparto que se había alcanzado en la primavera de 2009: él se dedicaría en exclusiva a la Junta de Andalucía y su íntimo Manuel Chaves a la secretaría general del partido.

Bueno, pues mientras defendía eso una y otra vez crecían sus propias dudas sobre el funcionamiento de esa estructura bicéfala. Lo que quizás terminó de convencerle fue el conocimiento de que un sector del partido muy vinculado a Chaves, incluyendo algunos de los consejeros que se sentaban con él en la Casa Rosa, lo consideraba un presidente de transición e incluso dudaban de que debiera ser el candidato en 2012. Mentira, verdad o media verdad, el caso es que él se lo creyó. A la vuelta del verano ya tenía decidido exigir ser también secretario general del PSOE andaluz y, como tal, nombrar un gobierno a su total gusto. Sin tutelas ni tutías, que hubiera dicho Fraga. De modo que se metió en cuerpo y alma en la tarea de desmontar el chavismo, y arrastró a todo el partido a un ombliguismo que duró hasta la primavera siguiente. Una semana después de hacerse con el control de la organización, aparcando al número dos (Luis Pizarro), pudo al fin nombrar a un gobierno a su imagen y semejanza, en el que el propio Pizarro quedaría con una consejería de consolación y del que alejó a tres consejeros que habían trabajado activamente en favor de su entronización (Fernández, Martín Soler, Castillo). En el partido se rodeó de una guardia pretoriana de jóvenes socialistas de trayectoria exclusivamente orgánica. A los pocos meses tuvo que prescindir de su hombre de más confianza, el vicesecretario Rafael Velasco, que dimitió por una acusación de tráfico de influencias que afectaba a su esposa. Tampoco al frente del gobierno le fue bien. La razón de fondo le es ajena: la crisis económica no tocó fondo, sino todo lo contrario, consolidando a Andalucía como la comunidad del desempleo por excelencia y haciendo insuficientes las medidas socialdemócratas de reducción del déficit que tomó (aumento del IRPF para las rentas más altas, impuesto sobre depósitos bancarios, tasa sobre las bolsas de plástico).

La indecisión de Zapatero acerca de la crisis le reportó su parte alícuota de desgaste, y en mayo, cuando Zapatero se reconvirtió en reformador a costa de funcionarios, pensionistas y trabajadores en riesgo de despido, el desgaste aumentó, igual que para todos los socialistas con posiciones de gobierno a cualquier nivel. Las encuestas empezaron a virar y cada una empeoró la anterior, augurando la victoria del PP en un feudo que ya no parecía tan inexpugnable. Resolvió el viejo contencioso del pago de la deuda histórica con una salida forzada por las circunstancias (cobrando en terrenos cuando los terrenos están desvalorizados), no pudo acudir al endeudamiento por compromiso responsable con la política económica a la que el Gobierno de la nación tuvo que recurrir y fracasó en su propósito de conducir las cajas de ahorros andaluzas hacia un proceso de fusión que ningún socialista con mando en las entidades se tomó nunca en serio. Pero su fiasco más grave vendría de la mano de su apuesta política más comprometida: la simplificación de la Administración autonómica. Se equivocó al pretender la reducción de empresas públicas por decreto, se equivocó al negociar con los sindicatos clásicos y rehuir a los influyentes sindicatos profesionales y se ha encontrado con la mayor movilización de funcionarios que se recuerda. Así acabó la mitad de su mandato: con la amenaza de que sea del último del PSOE en Andalucía.

Cronología / Andalucía

Relación de los acontecimientos más importantes acaecidos en nuestra Comunidad a lo largo de 2010

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Calificación de la situación económica de Andalucía
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Opinión sobre la preparación de Andalucía frente a la crisis respecto de España
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Valoración en Andalucía de los líderes políticos