- Anuario Joly Andalucia 2011
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El sí de Rosa Aguilar al PSOE
El sí de Rosa Aguilar al PSOE
Aguilar pasa a formar parte de la nómina de nombres importantes que cambiaron unas siglas por otras, de más a menos izquierda
Charo SolísSiempre había sido Córdoba. Su ciudad, su casa y la razón para decir no a otras responsabilidades que la sacaran de allí. Al que era su partido, IU, Rosa Aguilar le dijo no muchas veces, incluso cuando hubo quienes la postularon como sucesora de Gaspar Llamazares. Al PSOE también le dio un no en alguna que otra ocasión. La penúltima fue cuando en diciembre de 2008 le puso por delante la oferta de ir de número dos a las europeas meses más tarde. Pero sabía que los cordobeses ya no la querían tanto como antes. El tropezón electoral de las últimas municipales fue salvado gracias a un pacto con los socialistas, pero su carrera política parecía abocada a que en las próximas se sentaría en la oposición. Llevaba también demasiados años descontenta en una formación marcada por las divisiones internas y las broncas, de las que se distanciaba al máximo para salir indemne. Entonces se produjo el terremoto en la Casa Rosa. Y llegó la última oportunidad.
Una operación de cirugía exprés a mediados de abril de 2009 ponía fin a casi dos decenios de Manuel Chaves al frente de la presidencia de la Junta y era sustituido por José Antonio Griñán. Una intervención en la que, además, se daba carta blanca al elegido para formar su equipo. Se movieron fichas en el tablero del Gobierno andaluz, pero no las suficientes para que se notara diferencia en el traspaso de poder. Había que dar un golpe de efecto. Griñán tenía buena relación con Aguilar. Sintonía, tirón popular y una pátina de independencia y de más izquierda que podrían dar el toque novedoso a un relevo que no lo parecía tanto. Se puso sobre la mesa una consejería. La de Cultura. Un no más. Demasiado poco como para abandonar la ciudad a la que anteponía sobre todas las cosas y dejar atrás las siglas a las que había estado vinculada desde su juventud, aunque de facto ya estuviera tan desligada que ni siquiera aparecía por sus cónclaves. Se le puso en bandeja otro departamento con mayor peso político y presupuestario. Y entonces aceptó. Llegó la mudanza. Córdoba por Sevilla. La Alcaldía por la Consejería de Obras Públicas, donde encontró el espacio que quería para proyectar de nuevo su carrera.
Fue inevitable. El fichaje estrella fue tan potente que eclipsó incluso al que estaba llamado a ser el sucesor de Chaves. Eso de cara al público. A nivel interno, sacudió los cimientos del PSOE, donde aguarda una cantera importante de políticos con ganas de saltar a la arena del Gobierno autonómico, y dejó muy dañados los pilares de IU. La coalición de izquierdas, en su peor etapa, sobreviviendo al bipartidismo en Andalucía, con una caída espectacular en las generales y ante el enésimo reto de poner fin a las rencillas entre corrientes, se resintió. Se tenía que enfrentar a perder a uno de sus mayores activos. Uno de sus rostros más conocidos y uno de los pocos referentes femeninos en una formación que, pese a tener el color violeta por bandera, lo luce algo descolorido aguardando a que “otras rosas o claveles” lleguen, como dijo el nuevo coordinador federal, Cayo Lara (un año antes de la marcha de Aguilar desapareció de la escena parlamentaria Concha Caballero, fruto de la lucha por el encabezamiento de las listas a las autonómicas, y poco después lo hizo otra histórica, Kechu Aramburu).
A todo esto, se suma un elemento de desgaste muy potente: una fuga más de IU hacia el PSOE, algo a lo que no se puede añadir la fórmula “y viceversa”. Así, Aguilar pasa a formar parte de la nómina de nombres importantes que cambiaron unas siglas por otras, de más a menos izquierda, y por la que en los años noventa transitó Cristina Almeida y, a principios de 2000, Diego López Garrido. Sólo falta por ver si Aguilar tendrá la misma suerte de sus predecesores. Dos recorridos bien distintos. La de la primera que, tras algunos años como diputada y senadora por Madrid, acabó difuminándose hasta desaparecer para retornar a la abogacía con un escueto gracias y palmadita en la espalda del PSOE, o la del segundo, que desde el principio copó posiciones de peso tanto institucionales como orgánicas y fue escalando hasta llegar, hoy por hoy, a secretario de Estado para la Unión Europea.
En la evolución que tenga la carrera de Aguilar tendrá un papel determinante lo que pueda pasar de aquí a la próxima consulta autonómica de 2012. El primer paso será cuando Griñán se haga en marzo con las riendas del partido. Tal vez, como ya hiciera al diseñar su equipo en la Junta, se plantee dejar un hueco en su Ejecutiva a alguien que, todavía, sigue como independiente y sin tener carné del partido. Una cuestión burocrática fácil de resolver y que no sería de extrañar, porque ya hay alguna que otra foto de Rosa Aguilar en la sede del PSOE de Córdoba. El segundo será cuando se recuenten las papeletas dentro de dos años. Para entonces en las encuestas se perfila una posible victoria del PP que podría neutralizarse con una alianza PSOE e IU. Una situación que la podría incomodar, y mucho, porque aunque en su antigua formación se han esforzado por ser respetuosos hasta el punto de nunca llamarle “tránsfuga”, como sí han hecho los populares, lo cierto es que muchos no olvidan lo que consideran una traición en toda regla. Tanto a las que fueron sus siglas, como a sus principios ideológicos: ya defiende que en la ejecución de las obras públicas intervenga la iniciativa privada.
Una operación de cirugía exprés a mediados de abril de 2009 ponía fin a casi dos decenios de Manuel Chaves al frente de la presidencia de la Junta y era sustituido por José Antonio Griñán. Una intervención en la que, además, se daba carta blanca al elegido para formar su equipo. Se movieron fichas en el tablero del Gobierno andaluz, pero no las suficientes para que se notara diferencia en el traspaso de poder. Había que dar un golpe de efecto. Griñán tenía buena relación con Aguilar. Sintonía, tirón popular y una pátina de independencia y de más izquierda que podrían dar el toque novedoso a un relevo que no lo parecía tanto. Se puso sobre la mesa una consejería. La de Cultura. Un no más. Demasiado poco como para abandonar la ciudad a la que anteponía sobre todas las cosas y dejar atrás las siglas a las que había estado vinculada desde su juventud, aunque de facto ya estuviera tan desligada que ni siquiera aparecía por sus cónclaves. Se le puso en bandeja otro departamento con mayor peso político y presupuestario. Y entonces aceptó. Llegó la mudanza. Córdoba por Sevilla. La Alcaldía por la Consejería de Obras Públicas, donde encontró el espacio que quería para proyectar de nuevo su carrera.
Fue inevitable. El fichaje estrella fue tan potente que eclipsó incluso al que estaba llamado a ser el sucesor de Chaves. Eso de cara al público. A nivel interno, sacudió los cimientos del PSOE, donde aguarda una cantera importante de políticos con ganas de saltar a la arena del Gobierno autonómico, y dejó muy dañados los pilares de IU. La coalición de izquierdas, en su peor etapa, sobreviviendo al bipartidismo en Andalucía, con una caída espectacular en las generales y ante el enésimo reto de poner fin a las rencillas entre corrientes, se resintió. Se tenía que enfrentar a perder a uno de sus mayores activos. Uno de sus rostros más conocidos y uno de los pocos referentes femeninos en una formación que, pese a tener el color violeta por bandera, lo luce algo descolorido aguardando a que “otras rosas o claveles” lleguen, como dijo el nuevo coordinador federal, Cayo Lara (un año antes de la marcha de Aguilar desapareció de la escena parlamentaria Concha Caballero, fruto de la lucha por el encabezamiento de las listas a las autonómicas, y poco después lo hizo otra histórica, Kechu Aramburu).
A todo esto, se suma un elemento de desgaste muy potente: una fuga más de IU hacia el PSOE, algo a lo que no se puede añadir la fórmula “y viceversa”. Así, Aguilar pasa a formar parte de la nómina de nombres importantes que cambiaron unas siglas por otras, de más a menos izquierda, y por la que en los años noventa transitó Cristina Almeida y, a principios de 2000, Diego López Garrido. Sólo falta por ver si Aguilar tendrá la misma suerte de sus predecesores. Dos recorridos bien distintos. La de la primera que, tras algunos años como diputada y senadora por Madrid, acabó difuminándose hasta desaparecer para retornar a la abogacía con un escueto gracias y palmadita en la espalda del PSOE, o la del segundo, que desde el principio copó posiciones de peso tanto institucionales como orgánicas y fue escalando hasta llegar, hoy por hoy, a secretario de Estado para la Unión Europea.
En la evolución que tenga la carrera de Aguilar tendrá un papel determinante lo que pueda pasar de aquí a la próxima consulta autonómica de 2012. El primer paso será cuando Griñán se haga en marzo con las riendas del partido. Tal vez, como ya hiciera al diseñar su equipo en la Junta, se plantee dejar un hueco en su Ejecutiva a alguien que, todavía, sigue como independiente y sin tener carné del partido. Una cuestión burocrática fácil de resolver y que no sería de extrañar, porque ya hay alguna que otra foto de Rosa Aguilar en la sede del PSOE de Córdoba. El segundo será cuando se recuenten las papeletas dentro de dos años. Para entonces en las encuestas se perfila una posible victoria del PP que podría neutralizarse con una alianza PSOE e IU. Una situación que la podría incomodar, y mucho, porque aunque en su antigua formación se han esforzado por ser respetuosos hasta el punto de nunca llamarle “tránsfuga”, como sí han hecho los populares, lo cierto es que muchos no olvidan lo que consideran una traición en toda regla. Tanto a las que fueron sus siglas, como a sus principios ideológicos: ya defiende que en la ejecución de las obras públicas intervenga la iniciativa privada.
Cronología / Andalucía
Relación de los acontecimientos más importantes acaecidos en nuestra Comunidad a lo largo de 2010


